Miguel Calzada

Bin Laden que estás en los cielos

“No tiene que haber dudas: hemos matado a Osama Bin Laden. Nunca más lo veréis caminar sobre la tierra” (Barack Obama)

Horas después del asesinato del año (quizás de la década, difícilmente del siglo), John Brennan, asesor del presidente Obama en terrorismo y guerra sucia, dijo que los hechos que acompañaron a su “anulación” demostraban “la falsedad de su narrativa”. A Brennan le dio el punto filosófico: “Ahí tenemos a Bin Laden, viviendo en un chalet millonario, lejos de la guerra y escondiéndose tras mujeres-escudo”. Después supimos que el chalet no era millonario sino una finca decadente en la que hacer barbacoas (algo muy americano, por otra parte) y que la mujer-escudo nunca fue tal, sino tan solo una incauta que se llevó un tiro en la pierna. Aun así, Brennan tiene razón: la narrativa falla.

Los rostros del Mal son muchos, pero el encanto de Osama residía en ser un supervillano de estética pulp: thriller-culebrones de bajo coste que siguen las excéntricas aventuras de un héroe y un villano a lo largo del tiempo. Algunos capítulos del serial Bin Laden son dignos de la mejor época de Weird Tales. Nos contaron que era un antiguo agente de la CIA al que el Corán había vuelto majara, un Fu-Manchu que se escondía en una cueva desde la que grababa vídeos en los que amenazaba con destruir el mundo (y reconquistar Al-Ándalus). De ahí la gran euforia que parece haber invadido a todo el mundo: monjas y marines han celebrado que una bala entrase por el ojo del malhechor y le reventase la mitad del cráneo. Hasta Rosa Montero, la columnista-ONG, reconoce haberse alegrado.

El fallo en la narrativa al que se refiere Brennan tiene que ver con la decepción al comprobar que Bin Laden era un ser de este mundo. Si no se la cuidaba, su barba crecía y se enmarañaba como la de cualquier otro. Tenía digestiones pesadas, como cualquier otro, y por eso se había hecho vegetariano. Vivía encerrado en un salón cochambroso y viendo la tele, exactamente igual que cualquier otro. Los medios pakistaníes plantean que Osama había tenido una bronca por asuntos de dinero con Al-Zawahiri, el otro jefe de Al Qaeda. ¿Quizás fue Al-Zawahiri quien entregó a su antiguo compañero de armas? ¿Por un puñado de dólares? Quien sabe, pero unas dosis de conspiranoia vendrían bien: sorprende ver a los medios occidentales creyéndose a pies juntillas las versiones cambiantes de la CIA, autora de otros bestsellers como “Operación Condor” o “En busca de las armas de destrucción masiva”. Sin embargo, ninguna teoría de la conspiración remediará el humillante fin de Bin Laden. Nos contaron que no cometía atentados pero los inspiraba, un ideólogo del Terror al estilo de Charlie Manson.

Puede que Brennan estuviese hablando de esta decepción al decir “falsedad narrativa”. Una filósofa de verdad, Hannah Arendt, habló de lo mismo hace 50 años, cuando escribió los artículos de “La banalidad del mal” durante el juicio a Adolf Eichmann. El Mal absoluto no existe, escribió Arendt, porque es solo mediocridad absoluta. Eichmann había sido uno de los coordinadores del Holocausto, el ogro de los judíos, pero en el tribunal de Jerusalén solo había un tipo gris y convencional que ni tan siquiere merece una foto en este post. No era Satán ni nada parecido, solo alguien que había obedecido órdenes. Porque el mal, con minúscula, es precisamente eso: obedecer sin pensar, ya sea las órdenes de un jefe que se llama Hitler o interpretando literalmente los versos de un libro milenario. Obedecer también las consignas de los voceros, sin preguntarse qué significa cada cosa. Batman habría vuelto a su solitaria mansión tras asesinar al Joker. Superman habría pronunciado alguna frase solemne tras terminar con Lex Luthor. Los americanos reaccionaron con una juerga de campus universitario al conocer el final de Bin Laden. ¿A quién van a perseguir ahora?

Uno de los mejores supervillanos de la historia del género pulp fue Blofeld, el malvado líder de la organización criminal Spectra, pesadilla de James Bond en las películas de 007. Enviaba siniestros mensajes de destrucción mundial por videoconferencia, como Bin Laden, pero en los suyos solo se veía una mano que acariciaba a un gato. En uno de sus dedos lucía un anillo con diamante. Un villano tan delicioso dio origen a una de las teorías pulp de la conspiración más deliciosas que existen: Blofeld es el gato. En la pesada realidad, la narrativa nunca llega a ser tan brillante. Bin Laden fue un pedazo de carne empeñado en hacer trozos a otros pedazos de carne. Los analistas le describen ahora como un tipo mediocre, tímido, aburrido. Nos ha dejado un patético vídeo postumo en el que se balancea frente a la tele con el mando en la mano, contemplando noticias que hablan de él y mesándose una barba enmarañada. Satán no existe y el Infierno son los otros. La narrativa falla. Los villanos ya no tienen buen gusto.

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2 thoughts on “Bin Laden que estás en los cielos

  1. MARIA GABRIELA AGUILAR HERRERA dice:

    yo tenia algunas dudas sobre la supuesta muerte de Osama pero acabas de resolverlas, creo que ya estuvo bien de que nos quieran ver como tontos e ignorantes, muy bueno me parece bien que haya quien pueda decir la verdad…..

  2. Pingback: La cabeza de Paul – por Miguel Calzada

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