Miguel Calzada

La mejor manera de arruinar el paraíso: la isla de Pascua y la estupidez humana

“La ignorancia y la superstición mantienen una estrecha relación matemática” James F. Cooper

La isla de Pascua es un pedacito de tierra volcánica del tamaño de Castellón (102 kilómetros cuadrados). Perdida en mitad del Pacífico, los vecinos más cercanos están a 2.100 kilómetros, en el archipiélago de las Pitcairn, lo que convierte a Pascua en el lugar más aislado del mundo. En torno al año 900, una familia polinesia naufragó en una isla virgen de la que ya no podría salir jamás, pero en la que nadie iba a molestarles durante más de ocho siglos. Los suelos eran fértiles y el clima templado. Había verdes bosques, arroyos de agua dulce y pesca abundante. Tenían plátanos, pollos y azúcar. Aquello podía haber sido el paraíso.

El primer extraño en pisar este ecosistema fue un navegante holandés. En 1722 su barco tropezó con la minúscula isla y encontró diez mil indígenas famélicos que le miraban con el pánico en los ojos. En Pascua no había un solo árbol y apenas quedaban pájaros. Pasaban tanta hambre que se comían los unos a los otros. Tiradas en varios lugares de la isla había un millar de estatuas de piedra, los moais, que medían entre 4 y 21 metros y pesaban entre 10 y 270 toneladas.

El “misterio de Pascua” es la duda de cómo pudieron estos indígenas, que no conocían ni la rueda ni la grúa ni el metal ni los animales de tiro, esculpir e izar aquellas moles de piedra. Erich Von Däniken, brillante chalado de lo esotérico, propuso la “teoría” que despertó la pasión paranormal. Dijo que en un tiempo remoto una nave alienígena había quedado varada en la isla. Mientras los extraterrestres esperaban a que viniesen a rescatarlos, se dedicaron a la escultura. Después se marcharon de vuelta al espacio exterior.

No hay nada más esotérico que la estupidez humana. A las pocas décadas de instalarse en el paraíso, los habitantes de Pascua ya se habían dividido entre una minoría de ricos y una masa de pobres. Los ricos no trabajaban, tenían casas grandes y comían mejor. Si los pobres les respetaban era solo por una cosa: se comunicaban con los dioses para conseguir buenas cosechas y evitar las desgracias.

Todos los jefes juraban descender por línea directa del Padre fundador, el líder del clan que había llegado en canoa a la isla. Uno de estos ricos decidió construir una estatua a la puerta de su mansión que rindiese homenaje al Gran Abuelo. No le hicieron falta ni la rueda ni la grúa ni los animales de tiro. Tenía sus propias bestia de carga: esclavos. La tecnología que se usó para erigir los moais de Pascua fue tan alienígena como la de las pirámides de Egipto: el penoso y patético sufrimiento de unos hombres arrastrando grandes piedras con ayuda de cuatro tablas y unas cuerdas.

Cuando la estatua estuvo terminada, el resto de ricos enfermó de envidia. Todos empezaron a construir sus propias estatuas, a cada cual más grande, y pronto la economía de la isla giraba en torno a los moais: comida para alimentar a esclavos que talaban bosques para obtener sogas y troncos que ayudasen a desplazar las piedras.

El paraíso se quedó sin bosques, la tierra fue escurriéndose hacia el mar sin ninguna vegetación que la sujetara, disminuyeron las lluvias y los campos se tornaron estériles. No quedó madera decente para construir canoas, así que la pesca más allá de la orilla pasó a la historia. No hubo manera de esculpir más moais, y cientos de ellos quedaron a medio hacer en las canteras. Allí siguen, como testimonio de un pueblo estúpido que arruinó su futuro.

Con los recursos agotados y las cosechas menguando, la coartada religiosa se vino abajo y llegó el día del cuchillo. Las masas hambrientas mataron a sus amos y derribaron los moais. Después vinieron las guerras civiles y el canibalismo. Escaldados por un pasado de adoración de símbolos fálicos, los nuevos habitantes de Pascua aprovecharon los escasos remansos de paz para dibujar vaginas sobre los moais caídos, en torno a los que crecía la hierba y el olvido. Empezaron a adorar a un hombre-pájaro: con sus grandes alas era el único que podía huir de aquel paraíso que se había convertido en prisión.

Cuando los europeos llegaron a Pascua encontraron indios desnutridos y moles de piedra que no servían para nada. Pese al afán de muchos (solo en España: Jiménez del Oso, J.J. Benítez, Iker Jiménez…), no hubo nada alienígena en Pascua. Solo cualidades genuinamente terrícolas: codicia, ignorancia y violencia.

Desde hace más de medio siglo los científicos tienen más o menos claro lo que pasó, y muchos interpretan el fatal destino de la isla como una pésima gestión por parte de unos polinesios analfabetos. La realidad es que los europeos pasaron siglos construyendo catedrales colosales que agotaron sus recursos, y después salieron al mundo a buscar más. Encontraron esclavos y siguieron construyendo cosas, a cada cual más grande. Hace años el edificio más alto de Madrid era la torre Picasso. Ahora 4 torres siniestras hacen que el resto de la ciudad parezca un skyline pigmeo.

Déjame mandar y hablaré con los dioses y la cosecha será buena. Déjame que me ocupe de los asuntos importantes y la prima de riesgo bajará, la economía crecerá, se crearán puestos de trabajo… Lo que antes eran conjuros indescifrables para el común de los mortales ahora son los credit default swap y otros enigmas financieros que resuelven los economistas, “grandes sacerdotes de lo oculto” en palabras de David Anisi.

Tras su particular cataclismo, los habitantes de Pascua se sumieron en una edad de las tinieblas. Su cultura y su sociedad dieron un salto hacia atrás de quinientos años. Los especialistas concluyen que todos habrían acabado muertos por inanición si no hubiesen llegado los europeos, que los rescataron de un aislamiento troglodita para acto seguido raptar a cientos de ellos y venderlos como esclavos en Perú.

El planeta está hoy tan aislado en el universo como en su día lo estuvo Pascua en el océano. Cuando caigan nuestros moais la única esperanza vendrá, esta vez sí, de los anhelados alienígenas. ¿Qué encontrarán cuando aterricen? 

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5 thoughts on “La mejor manera de arruinar el paraíso: la isla de Pascua y la estupidez humana

  1. Miguel Gomez dice:

    Están cierto que muchas veces ciegan a las personas el poder, sin importar ni tomar en cuenta las consecuencias que vengan en un futuro.
    Como era una isla tan pequeña que no tomaron en cuenta los recursos naturales que se podían acabar su ego y su ignorancia destruyo su civilización si así se le puede llamar.

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