Miguel Calzada

Como si tu vida fuese un papel secundario

Entre las clasificaciones de mejores actores secundarios que circulan por Internet abundan las que ponen en la cima a Cristopher Walken, Martin Landau, Joe Pesci u otros que, con el éxito, abandonan el limbo de los secundarios y pasan al primer plano, como Paul Giamatti. No es fácil vivir a la sombra del guapo, del bueno, y de hecho una teoría afirma que el Oscar al mejor actor secundario va siempre para alguien feo y malo. En la definición encajan comparsas legendarios como Jason Robards, Lee Van Cleef o Danny Trejo. O Chris Cooper, a quien nadie conoce por el nombre pero que hacía de feo y malo en “American Beauty”, “El Caso Bourne”, “Syriana” o “Capote” (donde el protagonista era un secundario: Philip Seymour Hoffman).

Peter Lorre era simplemente mezquino, un pequeño traidor que se encargó de robar escenas a Bogart, Cary Grant y otros galanes en “Casablanca”, “El halcón maltés” o “Arsénico por compasión”. No necesitaba muchos minutos ni brillantes líneas de diálogo, le bastaba con su mirada paranoica y el sudor en las sienes.

Anthony Hopkins fue Oscar al mejor protagonista por “El Silencio de los Corderos” (feo, malo) pese a que en la película salía menos que algunos secundarios: 16 minutos, todo un récord.

En Hollywood a los secundarios no les espera otra cosa que una muerte rápida (si son malvados) o una lenta y dolorosa (si son buenos). A menudo un actor secundario bueno (el mejor amigo del protagonista) sufre una lenta y dolorosa muerte al principio de la película para que el héroe pueda vengarse al final en un combate contra un actor secundario malo y feo, feísimo, que muere de manera salvaje pero veloz.

Dan ganas de saber qué pasaría si las cámaras siguieran al secundario e ignoraran al protagonista. Esto se ha hecho de manera radical con los cómics de Garfield. En este blog se publican las viñetas originales retocadas, borrando de la escena al maldito gato naranja y dejando solo a su dueño, el triste Jon Arbuckle. El resultado fue tan sorprendente que Jim Davis, dibujante de Garfield, dio permiso para que fuese publicado este experimento, definido como “un viaje a las profundidades de la mente de un joven aislado más que lucha en una batalla perdida contra la soledad y la depresión en uno de los tranquilos suburbios de América”.

¿Y si el protagonista fuese solo una alucinación en la mente del secundario?

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