Miguel Calzada

El Mississippi no es verdad

Famoso gracias a versos y canciones atroces, el motivo que más predomina es el que intenta convertir el río en una imagen paterna sustituta. En realidad, el Mississippi es una masa de agua siniestra y traicionera (…) No he conocido a nadie que se hubiera aventurado a introducir siquiera la punta del pie en sus asquerosas aguas contaminadas (…) En consecuencia, el Mississippi como Padre-Diós-Moisés-Papi-Falo-Pa es un símbolo totalmente falso, creado, imagino, por el funesto farsante llamado Mark Twain. Esta incapacidad de establecer contacto con la realidad es característica de casi todo el “arte” de Norteamérica. Cualquier relación entre el arte norteamericano y el marco geográfico norteamericano es pura coincidencia; pero esto se debe sólo a que la nación como conjunto no tiene contacto alguno con la realidad. Es una de las razones por las que siempre me he visto forzado a vivir en los márgenes de nuestra sociedad, consignado en el Limbo reservado a los que conocen la realidad cuando la ven. (La conjura de los necios, John Kennedy Toole, Anagrama, 1992, p. 127-128).

Reilly tiene razón. La Estatua de la Libertad no es tan grande como en las películas. Es siete veces más pequeña que la Torre Eiffel.

El letrero de Hollywood, plantado en una colina de Los Ángeles, no es la puerta de entrada a una fábrica de sueños porque la contaminación lo oculta tras el horizonte. Lo construyeron en los años veinte para promocionar una urbanización de adosados baratos. Ponía Hollywoodland, pero después del 29 lo abreviaron. Peg Entwistle, actriz en paro, se suicidió saltando desde la letra H. Dejó esta nota de despedida: “Tengo miedo, soy una cobarde. Perdón por todo. Si hubiese hecho esto hace tiempo, me habría ahorrado mucho dolor“.

Pero en contra de las teorías del personaje de Ignatius Reilly en La conjura de los necios, hay relaciones entre el arte y el marco geográfico norteamericano, aunque sean pura coincidencia. El propio Reilly tiene una estatua en Canal Street, New Orleans. Y Jack Kerouac, líder de una generación que terminó obsesionada por la silueta del hongo atómico sobre el horizonte de Nagasaki, trabajó de peón en las obras del Pentágono, sancta sanctorum de los lanzadores de misiles.

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