Miguel Calzada

SICAV: Paraísos fiscales sin salir de casa

El hombre más rico de España no guarda su dinero en un banco, lo tiene en una SICAV. Estas siglas (Sociedad de Inversión de Capital Acumulado Variable), han estado en boca de muchos durante el último mes a raíz del debate sobre los Presupuestos del Estado. Si el Gobierno pactaba con la izquierda parlamentaria, los impuestos de las SICAV subían. Al final el acuerdo fue con el PNV y quedaron intactas unas ventajas fiscales que algunos consideran excesivas. Pero para Amancio Ortega, el hombre más rico de España, no son suficientes. En la última semana ha retirado más de 200 millones de sus SICAV para trasladarlos a inversiones más rentables.

Una SICAV es un grupo de personas que se constituye como sociedad anónima y junta su dinero para hacerlo crecer en la Bolsa. Como el resto de inversiones colectivas (como los fondos que cualquiera puede contratar con su banco) cuentan con reducciones de impuestos. Una empresa normal desembolsa a Hacienda cada año un 30% de sus beneficios. Una SICAV (y un fondo de inversión cualquiera) sólo el 1%.

UN ‘SHERIFF’ Y 99 MARIACHIS

Los inspectores de Hacienda llevan años denunciando irregularidades en las SICAV. Las acusan de camuflarse como sociedades colectivas para disfrutar de ventajas fiscales, de ser el instrumento de los ricos para pagar pocos impuestos. La trampa está en que el millonario de turno aporta el capital y otras 99 personas se limitan a poner el nombre para completar el mínimo exigido de socios. En la jerga económica, a estos prestanombre se les conoce como mariachis, por el estribillo de la ranchera: “Con dinero y sin dinero hago siempre lo que quiero y mi palabra es la ley”.

Javier Ferrer, portavoz de BANIF, gestora de SICAV del Banco Santander, no tiene problemas en reconocerlo: “Sirven para favorecer la inversión colectiva y muchas de ellas están en poder de un solo socio. ¿Qué hay de malo en ello?”. Lo malo es que la ley justifica la rebaja fiscal únicamente porque son sociedades colectivas, no individuales.

Entre 1996 y 2003, Hacienda miró dentro de las SICAV y no le gustó lo que encontró: muchos mariachis y un fraude de 6.000 millones por trampas bursátiles. La inspección se atascó y en 2004 el Parlamento (con votos de PSOE, PP y CiU), traspasó el control de las SICAV a la CNMV, que desde entonces no ha encontrado nada raro. “Pueden inspeccionar, pero no pueden decidir lo que es o no es una SICAV”, sentencia Mariano Rabadán, presidente de Inverco, la asociación de instituciones de inversión colectiva. Porque si pudiese, Hacienda despojaría de privilegios a todas las sociedades en las que hubiese mariachis, y éstas pasarían a pagar 30 veces más impuestos. Puede parecer mucho, pero para Antonio Pina, de Analistas Financieros Internacionales, “el impacto recaudatorio es muy dudoso”. En los últimos cinco años, el Estado ha obtenido de las SICAV 11 millones de impuestos al año. Incluso gravándolas como al resto de empresas, lo más que se conseguiría serían 330 millones anuales, menos del 0,3% de lo que el Estado espera recaudar en 2010.

LA HUÍDA DE CAPITALES

Para Francisco De La Torre, secretario general de la organización de inspectores de Hacienda, no se trata de dinero (“las cuentas públicas no van a cuadrar aunque las SICAV paguen más impuestos”). Es una cuestión moral. En tiempos de crisis le resulta “escandaloso” el diferente trato fiscal para unos y otros. El gran argumento para dejar tranquilas a las SICAV es que, si se las suben los impuestos, su dinero puede volar a
los verdaderos paraísos fiscales. “No se pueden tocar, porque al día siguiente están domiciliadas en Luxemburgo”, reflexiona Fernando Calatayud, asesor financiero. Lo mismo piensa José Almudí-Cid, profesor de Derecho Tributario de la Universidad Complutense de Madrid: “No hacen daño al fisco sino todo lo contrario: captan fondos que de otra manera se irían”. Pero incluso si se fuesen, De La Torre recuerda que “la mitad de su inversión está en el extranjero y es allí donde pagan impuestos”, con lo que su “fuga” no debería preocuparnos tanto, en la medida en que ya tienen medio pie fuera.

El 83% de las SICAV españolas tiene menos de 150 accionistas. Pocos socios, mucho dinero: 25.000 millones de euros que, en los últimos cinco años, han dado un beneficio de 8.000 millones. Pero el último año ha sido nefasto para la Bolsa, y también para las SICAV. Algunas han conseguido rentabilidades pasmosas (de hasta el 50%), pero muchas se han hundido, entre ellas las de Amancio Ortega, presidente de la textil Inditex, que han llegado a tener pérdidas y ahora rondan el 1% anual de beneficios. Algo ridículo para el hombre más rico del país.

PAGAR TARDE ES MEJOR
Las SICAV no sólo pagan como sociedades. Sus accionistas, si quieren retirar beneficios, sacar de allí su dinero, deben tributar al 18% en el impuesto sobre rentas del ahorro. Gracias a esto
el Estado ha recibido otros 2.000 millones. Demasiado para Mariano Rabadán, de Inverco. Demasiado poco para Francisco
De La Torre, que revela algunos de los “trucos” para no pagar impuestos sobre el ahorro si se es dueño de una SICAV.

El más común es no retirar beneficios nunca: “Si la sociedad es mía, ¿para qué voy a repartir dividendos?”. Se aplaza el pago de impuestos de manera indefinida. “La ventaja que tienen no es, en contra de lo que muchos creen, que permitan reducir los impuestos que se pagan, sino que permiten diferir su pago”, explica Fernando Calatayud. Cuanto más tiempo se retrase, mayor beneficio por plusvalía acumulada. Para su dinero del día a día, los millonarios pueden pedir un crédito a su propia SICAV. Y los créditos están libres de impuestos. El dueño de una sociedad puede así ser a la vez la banca y el moroso. “La picaresca es siempre muy alta”, resume Begoña Solano, de la Asociación de Asesores Fiscales.

Las SICAV tienen ventajas de paraíso fiscal sin salir de casa, pero son transparentes, algo que ni siquiera los inspectores fiscales niegan. Las irregularidades están ahí, pero al menos pueden verse. Mejor eso que la opacidad de las Islas Caimán, Bahamas, Andorra. Movidos por el pragmatismo, la mayoría de los expertos consultados se inclina por dejar las cosas como están. Aunque pagan poco, al menos pagan algo. Mariano Rabadán se muestra conciliador: “No vamos a pelearnos por un 1%”. No se puede vivir con ellos, pero sin ellos tampoco. Como dice otra famosa ranchera: “Lleno estoy de razones para despreciarte y sin embargo quiero que seas feliz”.

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