Miguel Calzada

Un muro en Berlín

El 9 de noviembre se cumplen 20 años de la caida del muro de Berlín. En la memoria ha quedado una sensación de euforia, casi un recuerdo implantado, omnipresente incluso en las mentes de los que no lo vivieron, o en las de los que lo hicieron con inquietud. Todo borrado. Aquello fue el triunfo de la democracia, una gran fiesta, y punto.

Los más razonables llevaban tiempo criticando la división del planeta en dos bloques perversos que se repartían países y vidas como si jugasen a los dados. No podían imaginarse que después de aquel dualismo enfermo vendría el fin de la Historia de Fukuyama: la imposibilidad de salirse de un marco político y económico que se ha convertido en dogma sagrado.
Es el mercado, estúpido
Poco importa que el modelo que triunfó entonces esté ahora en crisis. No hay alternativa. El mundo de las ideas es un páramo en el que es obligatorio jurar fidelidad al mercado neoliberal. De lo contrario, vendrán las acusaciones: totalitario, populista, dictatorial. Y en la mayor parte de los casos tendrán razón. Las únicas alternativas, en rincones de Latinoamérica y Asia, son deformaciones grotescas de la última URSS, que copian minuciosamente todos sus defectos.

En tres meses nos saturarán con reportajes y documentales. Veremos a las masas rebosantes de alegría y a los expertos de siempre repetir que fue el fin de la oscuridad y el comienzo de una era de prosperidad. Nos lo creeremos porque no seremos capaces de establecer relación entre aquel 1989 y este 2009. Será un monumento, otro más, al pensamiento único.

Existen, sin embargo, opiniones discordantes, que no aparecerán por ninguna parte. Apenas 20 horas después de la caida del Muro, Alessandro Natta, ex secretario del Partido Comunista Italiano (PCI), respondía así al “¿qué hacemos?” que le formulaba un dirigente más joven:

¿Y qué queréis hacer? Es un mundo el que cae, cambia la Historia… Hitler ha vencido, su modelo se impone después de medio siglo. Ideas y proyectos de cambio son eliminados. No para siempre, creo. Volverán, en treinta años, cincuenta… No sé dónde, no sé bajo qué forma. La necesidad permanece. Pero serán diferentes de estos que hemos conocido. No tendrán nada que ver con los de este siglo. (Qualcuno era comunista, Luca Telese, 2009, Sperling & Kupfer, p.20)

Se puede pensar que era un viejo nostálgico, un estalinista que analizaba los cambios según las viejas coordenadas (aún así estuvo entre los que desmantelaron el PCI para llevarlo a la socialdemocracia). Pero es difícil llegar a conocer sus palabras. Su testimonio naufraga en páginas perdidas, páginas sospechosas de esa Historia que, en teoría, se ha terminado.

Y es que todavía existe un Muro. Pero ya no hay nadie al otro lado…

EL MURO

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