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Hay que estar en todas partes, abarcarlo todo, ser ubicuo. Esta es la fantasía maximalista de las empresas que se reparten la Red en feudos dominados con mano de hierro. Se la reparten porque no hay más remedio, pero lo que realmente quieren es poseerla en exclusividad, no dejar hueco ni migajas para ningún competidor. Es un pensamiento extraño el de querer abarcar algo que no tiene límites. Es como cuando en el colegio nos explicaban que Hitler creía que iba a conquistar el Mundo, todo el planeta, de Tokio a San Francisco.

Todo el mundo tiene un plan para conquistar el Universo. Un puñado de marcas invierten para que tú creas en ellas, para que tengas fe y te conviertas en seguidor y difusor, evangelizador de la nueva era. Solo puede haber un Dios y la manera de expandirse es convertir o aniquilar a los infieles. Igual que solo puede haber un libro sagrado, el Libro, los talibanes de Silicon Valley creen que solo puede quedar Uno. Estos son sus delirios de grandeza:

  • Google: Su logo aparece en la mayoría de ordenadores cuando se conectan a Internet. La puerta de entrada a la Red es este buscador basado en un revolucionario algoritmo. El Buscador, solo puede haber uno. ¿Cómo comprender la maraña infinita de informaciones sin esa simple cajita de texto en la que escribir nuestras coordenadas? Pero no basta, ni siquiera esto es suficiente para el hambre voraz de la compañía de Mountain View (California), que crece devorando lo que encuentra a su paso.

Tienen YouTube porque quieren ser la nueva Televisión. Tienen Gmail para gestionarte el correo. Controlan la publicidad online con AdWords y AdSense. Recopilan todas las noticias del mundo en Google News. Tienen editores de imágenes como Picasa y Picnik. Tienen el mayor servidor de blogs (Blogger). Tienen calendarios, herramientas de analítica web y un navegador (Chrome) que no cesa de recibir elogios. Incluso han reproducido al detalle el mundo real a través de Google Earth, Google Maps y Street View. Arrastran un expediente de fracasos en las redes sociales, con los intentos fallidos de Orkut, Buzz y Google Wave. Ahora lo intentan con Google+. Su peor pesadilla se llama Mark Zuckerberg y lo que más les duele es que les repitan que son una pandilla de ingenieros inadaptados, un grupo aislado de matemáticos que jamás conseguirá entender a la gente normal ni salir de sus cubículos.

  • Facebook: Estaban en Palo Alto pero se mudan a Menlo Park, siempre en California, donde el cerebrito Zuckerberg podrá seguir ideando maneras de desbancar a Google. No todo el mundo entra en la Red a través de El Buscador. Cada vez hay más gente que entra a través de Facebook, que es La Red Social, la única que puede y debe existir. Con Facebook todo son grandes potenciales por desarrollar. Está por ver si conquistan el mundo o terminan como Hitler. Tienen un servicio de mensajería que podría sustituir al e-mail. Tienen un servicio de geolocalización que podría sustituir a Foursquare y Gowalla. Podrían hacerse con el control de la tarta publicitaria. Y tienen un buscador que podría sustituir a Google (¡blasfemia!), incorporando los “megusta” de tus amigos.

¿Es descabellado pensar en Facebook como protagonista de la revolución 3.0, la Red inteligente que sabrá lo que te va a gustar incluso antes de que lo sepas tú? Quizás, pero a Google le ha entrado miedo y ha copiado el “megusta” con su nuevo botón +1. En Facebook lo que les gusta es ir en chanclas y presumir de que son psicólogos alternativos, científicos sociales, verdaderos conocedores del pueblo llano, al que lo único que le importa es el sexo (“tienes una relación sentimental complicada“). Pese a este perfil, últimamente mantienen relaciones con Microsoft, que es la mismísima Iglesia Católica de este nuevo mundo.

  • Microsoft: No hay más Dios que mi Windows y Bill Gates es su profeta. Dicho así, suena viejo, caduco, desfasado. Al igual que el Vaticano, Microsoft se acomodó y perdió fieles. Fueron el Sistema con sus sucesivos Windows, el Correo con Hotmail, el Chat con Messenger y el Navegador con Explorer, pero el tiempo y el rencor extendió la idea de que eran también el Enemigo. No es fácil ser el hombre más rico del mundo. Cualquier cosa que fuese contra Microsoft era alternativa y digna de elogios. Así que la compañía de Redmond (cerca de Seattle, los únicos de la baraja que no están en California), empezó su particular Contrarreforma.

Entraron con éxito en el universo de las videoconsolas con Xbox, crearon Bing, un buscador que quizás (un remoto quizás) pueda plantarle cara a Google, y ahora prometen una red social de horroroso nombre, Tulalip. Tienen fama de haberse quedado anticuados, viviendo en un mundo que poco a poco empieza a resquebrajarse. Llevan camisas almidonadas y son respetables padres de familia. Compran Skype, el Teléfono online, y se lo ofrecen a Zuckerberg para que lo incorpore a su Facebook. La alianza entre tan dispares elementos se consolida porque los enemigos de mis enemigos son mis amigos. Si tengo fama de carroza (Microsoft), me conviene que me vean en compañía de jovencitos (Facebook). Y si odias profundamente a Google (Facebook), lo lógico es acurrucarse bajo la amplia sombra de la primera y más potente Iglesia: Microsoft.

  • Apple: Desde el principio, una minoría afirmaba que Bill Gates no era Jesucristo sino Judas. Eran pocos pero cargados de fe. Confiaban en que algún día la Historia se pondría de su parte. La gran escisión protestante del mundillo tiene su sede en Cupertino (California) y sigue con fervor a su profeta alternativo: Steve Jobs. En tiempos de sufrimiento y persecución mantuvieron el tipo con sus Macintosh, una especie de Resistencia. Se hicieron amigos de los revolucionarios lanzando vivas al software libre y comparando a Microsoft con El Gran Diablo Blanco.

Fueron los primeros sorprendidos al ver que sus profecías eran correctas: su profeta resultó ser Dios en la tierra. Sumido en el lento martirio de un cáncer de páncreas, Steve Jobs inventó primero el iPod, después el iPhone y finalmente el iPad, tres artilugios que lo cambiaron todo. El triunfo les hizo olvidar el software libre y construyeron un ecosistema cerrado en el que solo los usuarios de Apple podían vivir. Dispositivos sin orificios ni conexiones, agenda propia y una manzanita mordida tatuada en cada rincón. Sueñan con acapararlo todo, con que navegues con su Safari y dependas de iTunes para toda la música y vídeo que quieras consumir. Insisten en que la Televisión online (la única que sobrevivirá al Apocalipsis) será suya. Los expertos dicen que no tienen los mejores cacharros pero sí el mejor diseño, lo que es otra manera de decir que es una cuestión de fe. La manzana es la nueva cruz para la comunidad de iluminados que cree en un Más Allá absolutamente táctil.

¿Quién ganará? Cualquier conquista es efímera, que se lo pregunten a Nabucodonosor, Alejandro Magno, Napoleón, Hitler… Mientras tanto, los pobres mortales contemplamos sus guerras, compramos sus productos y nos quedamos mirando, esperando el Milagro.

Nadie se acuerda de Pete Best, el quinto Beatle, batería durante los dos primeros años de vida del grupo. Estaba allí cuando Lennon y McCartney compusieron “Love Me Do“. Compartió con los futuros gurús del pop sus primeros compases, del 60 al 62, en el Cavern de Liverpool y Hamburgo. Cuando el grupo despegaba, tras firmar su primer contrato con una discográfica, Best fue sustituido por Ringo Starr. Se quedó fuera. “Sabía que serían un éxito. Me daba cuenta. Todos nos dábamos cuenta… Sabía que me perdería toda la diversión”, dijo Best hace unos años.

El síndrome de Pete Best es un mal común. Dick Rowe, cazatalentos de la discográfica Decca, rechazó a los Beatles. Les hizo una prueba y pensó que no tenían futuro. “Los grupos de guitarras están acabados”, sentenció. Un año más tarde eran número uno con “Please Please Me“. En 1876, William Orton presidía la inmensa Western Union, el telégrafo norteamericano. Un escocés de apellido Bell le ofreció la patente de un nuevo invento: el teléfono. Le pidió 100.000 dólares a cambio de su idea (en realidad no era suya, se la había robado al italoamericano Meucci). Le propuso instalar teléfonos en todas sus líneas de telégrafos, y convertirse así en el magnate de una nueva tecnología. Orton respondió: “No tiene interés comercial. ¿Qué podría hacer nuestra compañía con ese juguete eléctrico?”. Hoy la empresa de Alexander Graham Bell se llama AT&T y es la telefónica más importante de América.

Los aquejados por el terrible síndrome tienen miedo a decir no. Nunca sabes lo que te vas a perder. Las burbujas tecnológicas tienen mucho de Pete Best. En el año 2000, si no estabas en Internet y en la Nueva Economía te perdías el negocio del nuevo siglo. Pero en pocos meses quebraron 5.000 empresas, las acciones se volatilizaron y resultó que el grupo por el que se había apostado no eran precisamente los Beatles. A nadie le pareció raro invertir los ahorros en Pets.com, una tienda de accesorios para mascotas que gastó millones en publicidad sin recibir nada a cambio. Últimamente se habla de la burbuja 2.0: si no estás en las redes sociales, perderás el tren del futuro. Y las empresas, temerosas de quedarse fuera de las listas de éxitos, se sumergen en el 2.0 mientras tararean “She Loves You“. Todo el mundo busca el caballo ganador, que a veces tiene cara de Bill Gates y otras de Bernie Madoff.

Pero también existe el síndrome Harrer, el periodista alemán que fundó el partido nazi. Karl Harrer quería que su partido fuera igual que su sociedad esotérica, la Sociedad Thule, una hermandad secreta interesada por el ocultismo, Hiperbórea y el Santo Grial. Soñaba con un partido minoritario en el que desvariar sobre la supremacía racial, pero un joven Adolf Hitler apareció con su teoría del partido de masas y forzó la salida de Harrer en 1920. Sin saberlo, Harrer perdía el tren que llevaba hacia un puesto de mando en Auschwitz, Treblinka o Dachau. Antes de ser olvidado, Harrer llamó “megalómano” a Hitler. A todos les pareció que exageraba.

Miedo a convertirse en el quinto Beatle… o en el enésimo Adolf. ¿Qué es acertar? ¿Y en qué consiste equivocarse? Lennon se divirtió pero al final le pegaron un tiro; Pete Best es un ser anónimo que ha tenido una vida tranquila. Siempre se ha dicho que le echaron de los Beatles porque era demasiado guapo y provocaba los celos de Paul y John. Ahora se dedica a tocar la batería en convenciones de fans.

“Me echaron y dijeron que no era buen batería, que era antisocial, que no les gustaba mi pelo…”.

Desde el verano de 2003, mi cuenta de correo recibe spam firmado por Cody Moya. Hasta hace unos días no sabía quién era. Ignoraba sus e-mails, en los que me proponía imposibles negocios. Sus mensajes han llegado a ser el 90% de todo mi spam, y a fuerza de borrarlos se me ha quedado en la memoria su absurdo nombre, Cody Moya.

Cody Moya es un hombre de negocios, dueño de una compañía llamada Xodo que se dedica al comercio online. “Otro más en la larga lista de inmigrantes que llegan a Estados Unidos y se convierten en gurús del marketing”, Cody Moya vende manuales y newsletters con trucos para hacerse millonario en Internet.

Procedente de un país desconocido (no queda claro si es de India o Europa del Este), Cody persigue el Sueño Americano. Diseñador de templates para AdSense , es fácil rastrear en Google numerosas quejas de clientes que le llaman estafador y spammer profesional. Por lo que cuentan los foros, es habitual que Cody consiga las listas de correo de empresas online que fracasan, y que se dedique a fusilar estas cuentas con sus “oportunidades de negocio”. A Cody se le encuentra en Facebook, en Twitter y en LinkedIn: asegura trabajar en Estados Unidos desde el verano de 2003, medir 1’96 y estar ligeramente calvo. Su foto es la misma en todas las webs, esta en la que parece un científico soviético que quiere pasarse a la CIA. En Internet no son pocos los que creen que Cody Moya no existe, que los estafadores online usan su exótico nombre para atraer incautos. Resulta extraño que en los vídeos sobre Cody Moya nunca aparezca él sino un presentador que explica su vida y su método para hacerse rico.

Personas ficticias que pasan a la posteridad. Como Honorable Fortescue, ilustre cirujano que presidió el Comité de Higiene de la ONU. Todo empezó con una solicitud a la Liga de las Naciones, antecesora de la ONU, que en 1926 admitió en su seno al grupo de estudios científicos del doctor Fortescue, radicado en San Diego (California). Con el paso de los años, Honorable Fortescue publicó numerosos artículos científicos y se convirtió en una eminencia. Hasta que se descubrió que todo era una broma. El Comité de Higiene estaba formado por un grupo de amigos de San Diego que cruzaba la frontera para beber barato en Tijuana (México). Había empezado como un chiste: el comité será de higiene porque la mayoría de nosotros somos médicos o enfermeros, y tendrá que ser internacional porque todas las reuniones son en el extranjero. La sede era un bar de tequilas y el tamaño del grupo oscilaba según épocas, pero todos los que acudían a emborracharse a Tijuana, aunque solo fuera una vez, eran considerados miembros vitalicios del comité. Con la muerte del socio más activo del grupo, Rawson Pickard, el comité cesó sus actividades.

La República Democrática del Congo tuvo un ministro inexistente. En 2007 el líder del partido gubernamental, ansioso de mayor poder, inventó un truco para ser ministro: Kasongo Ilunga. En la lista de candidatos para el puesto de Ministro de Comercio, incluyo su propio nombre y lo acompañó con el del inexistente Kasongo Ilunga, un nombre tan común en Congo como por aquí Juan Pérez. El impostor esperaba que el presidente, al no saber nada sobre el otro, le eligiese a él. Ocurrió justo al contrario: nombró ministro de Comercio a Kasongo Ilunga, que no se presentó en la toma de posesión y dimitió al día siguiente. El presidente anunció entonces que no aceptaba la dimisión si no venía Kasongo Ilunga en persona a firmarla. Kasongo no fue, pero aparecieron decenas de congoleños curriculum en mano. Todos decían ser Kasongo Ilunga y no querían dimitir, sino tomar posesión de su cargo.

Cody Moya es más real de lo que parece. Ha envejecido y da conferencias. Sigue flipando con el Sueño Americano:

Los flujos de dinero, igual que los ríos, atraen no solo al Capitán Pescanova sino también a pequeños pescadores, marisqueiros y vendedores de plancton. Junto a la corriente se sitúan los que sondean las tendencias del mercado. Pronostican lo que venderá, lo que volverá a estar de moda. A menudo se equivocan, pero cuando aciertan se convierten en la sibila del mes y se forran.

En Trendwatching auguran que 2011 será el año de la “generosidad”. El negocio no será una cuestión de coger la pasta y echar a correr, sino que se exigirá humanitarismo de toda gran empresa. No se trata solo de apadrinar niños o de Bill Gates donando su fortuna a las buenas causas. Los oráculos aseguran que los mercados emergentes se sumarán a esta tendencia. Tendremos filántropos chinos, indios, brasileños. Incluso los rusos se harán buenos.

Esta generosidad sui géneris se debe a que la gente desconfía hoy más que nunca. Es un cambio en los modales. Ahora hay que currarse los preliminares. Hasta minúsculas empresas de fontanería se lanzan a las redes sociales para convertirse, literalmente, en amigos de sus clientes. Les hablan como colegas, les convencen de que son buena gente. También organizan promociones que tienen como premio alguna baratija de dudosa utilidad, pero eso no es nuevo, ¿quién no recuerda la Bati-Cao, aquella cucharilla con motor para hacer batidos?

Y es que los malos siempre intentan parecer buenos. Los anuncios de Coca-Cola son un paradigma, aunque han exagerado tanto que últimamente dan más miedo que otra cosa. Utilizar imágenes de niños (mejor si son pobres) es otro clásico. Entonces, ¿qué ha cambiado? Probablemente los consumidores, que se han hecho malos. Ya no son los palurdos impresionables a los que se convencía con un 2×1 o con una camiseta XL a cambio de enviar códigos de barras recortados con esmero de las cajas de cereales. Ya no se fían, están de vuelta de todo, son pistoleros curtidos en mil desamores y saben qué cara poner cuando les llaman a deshora ofreciéndoles un ADSL más barato.

Los malos van de buenos y los buenos están de malas. Somos incrédulos, ya no funciona lo de poner el precio a 999 pesetas. Aborrecemos a las grandes compañías (excepto Apple, que nos lava el cerebro con su generoso perfil). Maltratamos a los vendedores (los que iban puerta a puerta son una especie extinta, hasta los Testigos de Jehová difunden “Atalaya” por las redes sociales). No es por crueldad, es que sabemos lo que vienen buscando. Así que los malos, acorralados, escapan hacia Facebook y hacen que sus copywriters redacten chistes para que nos hagamos fans. Nos dan mimos porque saben que podemos ser peligrosos.

La Disco Demolition Night fue un gran fracaso (o todo un éxito, según se mire). Chicago, 1979. Un popular disc-jockey es despedido por pinchar AOR (Genesis, Supertramp, Foreigner…) en lugar de música disco, que era lo que estaba de moda. Contratado por una emisora rival, el tipo percibe una tendencia, un cambio en la corriente del río, y organiza un movimiento anti-disco. Aunque nadie más se había dado cuenta, las gentes de Chicago estaban hartas de la música disco. La iniciativa culminó con una promoción: se acercaba un importante partido de béisbol y todo el que llevase al estadio uno o varios vinilos de música disco podría entrar gratis. Los vinilos se amontonarían en un inmenso contenedor forrado de explosivos que sería detonado para delirio del público. Los organizadores esperaban 12.000 personas, se presentaron 90.000. Llegado el momento de la verdad, la explosión provocó un pequeño incendio y los hooligans invadieron el campo. Partido cancelado, antidisturbios, una masa enloquecida saqueaba y destrozaba todo lo que podía, arrojaba vinilos al aire como si fueran frisbees y gritaba: “¡Odio la música disco!”.

Las reglas han cambiado. Somos malos y se andan con cuidado porque en Twitter puede organizarse algo mucho peor que la Disco Demolition Night. Cualquier reputación peligra si los pistoleros disparan. De esta relación quizás salga algo bueno, unos cuantos filántropos chinos, por ejemplo. Pero es poco probable que la generosidad de unos u otros se contagie al lado opuesto de la barra. Se parece a la cita cinéfila favorita de todos los chicos malos:

-Ahora que tú y yo nos entendemos podrías pensar en hacer de mí una mujer honrada.
-Nunca serás respetable. Eres una puta y siempre lo serás. Y por eso me gustas.
(Forajidos de Leyenda, de Walter Hill, 1980)