El antipsiquiatra Guillermo Rendueles decía el viernes en Público que, ante la crisis mental en la que estamos sumidos (mucho peor que la económica), la salvación sólo puede encontrarse en “las redes sociales, tradicionales o nuevas”. El periodista, incomprensiblemente, olvidó preguntarle por Facebook, por Tuenti, por Twitter… Creo que Rendueles se refería a redes sociales de las de verdad, sólidas, las de toda la vida. Pero al ritmo que vamos el término “red social” empieza a hacer referencia única y exclusivamente a esas aplicaciones informáticas que tanto tiempo nos ayudan a consumir.
“La prevención tecnológicamente más desarrollada apenas disminuye el número de suicidios”. Seguro que no tenía en mente Facebook cuando dijo esto, pero cabe pensar en la campeona de las redes sociales (más de 150 millones de usuarios activos) como una forma de prevención de la locura. Tecnológicamente muy desarrollada pero, aún así, incapaz de remediar la soledad de buena parte de esos 150 millones. Sí que sirve, en cambio, para hacer creer a esos usuarios que todo lo que les pasa es importante y, por lo tanto, importa a los demás. El problema es que no es verdad.
Rendueles dice también que todo el malestar que proviene de nuestras pésimas relaciones sociales podría convertirse en “un motor de transformación social”, “fuerza revolucionaria”. No sé si puede encontrarse algo así en Facebook, pero está muy de moda examinar los diferentes grupos de seguidores y contabilizar su número de miembros para así extraer conclusiones sobre la mente colectiva de los internautas. Lo hacen todos los periódicos cuando quieren marcarse un reportaje sobre nuevas tecnologías.
Massimo Introvigne, que es el director del Centro de Estudios sobre las Nuevas Religiones (CESNUR) de Turín, me decía hace poco, muy contento, que el Papa tiene más seguidores en Facebook que algunas de las nuevas religiones, como la Cienciología o los Hare Krishna (y siguiendo con una vieja obsesión de la Iglesia, no eres tú quien encuentra al Papa en Facebook sino que “el Papa te encuentra” a ti).
Pero ser miembro de uno de estos grupos es tan sencillo como hacer un clic con el ratón. No requiere nada más. Debería dársele la misma importancia que se da a las encuestas online sobre quién ha marcado el gol más bonito de la última jornada de liga. Es decir: ninguna.
No me sorprende encontrar más de 80.000 miembros en el grupo de “Cadena perpetua para Miguel Carcaño, el asesino de Marta del Castillo” (lamentable) o ver que la tan cacareada comunidad internaútica se moviliza en masa (casi 5 millones de inscritos) sólo para reclamar que no conviertan Facebook en un servicio de pago. Lo realmente extraño es que la Estupidez también cotice en Facebook. Y que tenga, a día de hoy, sólo 22 fans (y yo soy uno de ellos). Como bien dicen en la definición que incluyen: “torpeza notable en comprender las cosas…”.






