Posts etiquetados ‘marketing’

Desde el verano de 2003, mi cuenta de correo recibe spam firmado por Cody Moya. Hasta hace unos días no sabía quién era. Ignoraba sus e-mails, en los que me proponía imposibles negocios. Sus mensajes han llegado a ser el 90% de todo mi spam, y a fuerza de borrarlos se me ha quedado en la memoria su absurdo nombre, Cody Moya.

Cody Moya es un hombre de negocios, dueño de una compañía llamada Xodo que se dedica al comercio online. “Otro más en la larga lista de inmigrantes que llegan a Estados Unidos y se convierten en gurús del marketing”, Cody Moya vende manuales y newsletters con trucos para hacerse millonario en Internet.

Procedente de un país desconocido (no queda claro si es de India o Europa del Este), Cody persigue el Sueño Americano. Diseñador de templates para AdSense , es fácil rastrear en Google numerosas quejas de clientes que le llaman estafador y spammer profesional. Por lo que cuentan los foros, es habitual que Cody consiga las listas de correo de empresas online que fracasan, y que se dedique a fusilar estas cuentas con sus “oportunidades de negocio”. A Cody se le encuentra en Facebook, en Twitter y en LinkedIn: asegura trabajar en Estados Unidos desde el verano de 2003, medir 1’96 y estar ligeramente calvo. Su foto es la misma en todas las webs, esta en la que parece un científico soviético que quiere pasarse a la CIA. En Internet no son pocos los que creen que Cody Moya no existe, que los estafadores online usan su exótico nombre para atraer incautos. Resulta extraño que en los vídeos sobre Cody Moya nunca aparezca él sino un presentador que explica su vida y su método para hacerse rico.

Personas ficticias que pasan a la posteridad. Como Honorable Fortescue, ilustre cirujano que presidió el Comité de Higiene de la ONU. Todo empezó con una solicitud a la Liga de las Naciones, antecesora de la ONU, que en 1926 admitió en su seno al grupo de estudios científicos del doctor Fortescue, radicado en San Diego (California). Con el paso de los años, Honorable Fortescue publicó numerosos artículos científicos y se convirtió en una eminencia. Hasta que se descubrió que todo era una broma. El Comité de Higiene estaba formado por un grupo de amigos de San Diego que cruzaba la frontera para beber barato en Tijuana (México). Había empezado como un chiste: el comité será de higiene porque la mayoría de nosotros somos médicos o enfermeros, y tendrá que ser internacional porque todas las reuniones son en el extranjero. La sede era un bar de tequilas y el tamaño del grupo oscilaba según épocas, pero todos los que acudían a emborracharse a Tijuana, aunque solo fuera una vez, eran considerados miembros vitalicios del comité. Con la muerte del socio más activo del grupo, Rawson Pickard, el comité cesó sus actividades.

La República Democrática del Congo tuvo un ministro inexistente. En 2007 el líder del partido gubernamental, ansioso de mayor poder, inventó un truco para ser ministro: Kasongo Ilunga. En la lista de candidatos para el puesto de Ministro de Comercio, incluyo su propio nombre y lo acompañó con el del inexistente Kasongo Ilunga, un nombre tan común en Congo como por aquí Juan Pérez. El impostor esperaba que el presidente, al no saber nada sobre el otro, le eligiese a él. Ocurrió justo al contrario: nombró ministro de Comercio a Kasongo Ilunga, que no se presentó en la toma de posesión y dimitió al día siguiente. El presidente anunció entonces que no aceptaba la dimisión si no venía Kasongo Ilunga en persona a firmarla. Kasongo no fue, pero aparecieron decenas de congoleños curriculum en mano. Todos decían ser Kasongo Ilunga y no querían dimitir, sino tomar posesión de su cargo.

Cody Moya es más real de lo que parece. Ha envejecido y da conferencias. Sigue flipando con el Sueño Americano:

REPORTAJE sobre el alquiler de altos ejecutivos. Cuando la crisis aprieta, hasta los directivos se someten a la temporalidad.

El fallo de llamar revolución a Internet es que, por el momento, no ha habido ninguna redistribución del botín. Con la excepción de la microélite de jóvenes triunfadores que idearon Google, Facebook, etc., la pasta sigue en manos de las grandes compañías. Y sigue siendo una incógnita de dónde lloverá todo el dinero prometido. Lo insólito de la “cultura de lo gratuito” no es que haya gente dispuesta a disfrutar de un producto sin pagarlo, sino que haya gente dispuesta a regalarlo.

El producto, lo que pago, lo que me pertenece, es Internet en sí mismo. En casi todos los análisis se olvida que todo internauta está pagando unos 20-60 euros mensuales. Internet es lo que hemos comprado y las operadoras las que se llevan buena parte del botín.

Pero hay cosas nuevas. Proliferan iniciativas que reformulan las reglas del juego. Una de ellas es el crowdfunding, gran palabro. Consiste en reunir capital con la ayuda de muchos microinversores. En España, está dando que hablar el proyecto de El Cosmonauta. Quieren rodar una película financiada por los internautas, con una aportación mínima de 2 euros. En parte, es la utopía de construir algo cogiendo las ideas del gran cerebro de la Red, la mente colectiva.

En la práctica, los que donen 2 euros sólo recibirán el honor de aparecer en los créditos como productores. Toda cantidad por encima de 2 euros se podrá canjear por merchandising: camisetas, pins, libros… Eso sí, los que inviertan 1.000 euros o más recibirán un porcentaje de los beneficios. Lo que lleva de vuelta a la gran pregunta: ¿habrá beneficios?

En un modelo híbrido entre lo viejo y lo nuevo, el riesgo es dar por supuestas muchas cosas de lo viejo como, por ejemplo, la publicidad. Suponemos que las empresas, al igual que hacían antes, pagarán para insertar sus anuncios en Internet. La teoría es que la inversión en los medios tradicionales se irá trasladando a la Red. Es cierto, ya está pasando, pero a un ritmo mucho menor al esperado, y en el trasvase se pierden millones, con lo que la burbuja explota y muchos habrán trabajado gratis.

Lo mejor es que el proyecto es de licencia Creative Commons: gran palabro que lo que viene a decir es que, una vez terminada la película, cualquiera podrá hacer uso de sus imágenes, sonidos y guión para elaborar nuevos productos, sin tener que pagar por ello. En definitiva: creatividad en código abierto. Si todo sale bien, puede que ni los del Cosmonauta ni nadie más tenga pan que llevarse a la boca, pero al menos surgirán infinitos proyectos paralelos a partir de ideas tan atractivas como esta:

Cuenta la historia de un cosmonauta soviético. En 1975, el primer viaje tripulado a la Luna no consigue regresar, dándosele por perdido. El cosmonauta, sin embargo, a través de mensajes de radio, clama haber vuelto a la Tierra y haberla encontrado vacía. Mientras retransmite delirios imposibles, su presencia y su voz van destruyendo poco a poco el mundo de sus seres queridos.

Así que quizás sí que estamos ante una revolución. Pero sin botín material ni nada que se le parezca. ¿Cómo convertiremos nuestras rugientes tripas en depósitos virtuales?

Manjar Virtual