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Umberto Eco ha pasado por Madrid para presentar un libro y enfriar el entusiasmo sobre el caso Wikileaks. Dice que lo que está pasando solo demuestra que los servicios de inteligencia no son inteligentes. Todos los secretos filtrados por Wikileaks fueron publicados hace meses, incluso años, por los periódicos que ahora desmenuzan los cables americanos. “Los espías son vagos, en lugar de descubrir secretos prefieren quedarse con el poder del que tiene un secreto que no existe, un secreto vacío”. Esta teoría está en las antípodas de la que asegura que Wikileaks ha cambiado para siempre el mundo de la comunicación.

Eco siempre ha sido un escéptico. Está convencido de que los libros sobrevivirán a los soportes informáticos. El genio de la semiótica califica Internet de “mermelada comunicativa”, un lugar en el que todos hablan y nadie escucha.

La gran fauna de Internet, liderada por activistas y blogueros, anda obsesionada con Wikileaks, el trending topic del trimestre. Creen que es algo revolucionario, aunque menos que Facebook, por algo Mark Zuckerberg ha sido nombrado personaje del año por la revista Times.

La filtración masiva de cables da la sensación de que un internauta cualquiera puede hacer algo, aportar su granito de arena, aunque sea leer los pequeños relatos escritos por unos espías que no son espías. Visten de corbata, son embajadores y diplomáticos que se mueven en el supermundo de las recepciones y los canapés. Según Eco, ¿qué puede saber esta gente sobre el mundo?

Umberto Eco se movió en el supermundo de la semiótica,
un gueto de catedráticos, hasta que escribió “El nombre de la rosa” en 1980. Tras publicar “El cementerio de Praga” le han acusado de antisemita porque el protagonista de su libro lo es. Se trata de una confusión entre escritor y personaje que valdría también para acusar a los autores de la Biblia de inventar un Dios cruel y vengativo. Vivimos en un mundo acostumbrado a leer breves informaciones online con multitud de enlaces y barras de anuncios en los márgenes de la pantalla.

Desvelada la mejor parte del pastel Wikileaks, siguen llegando guindas y lo más interesante ahora es lo que le suceda a Julian Assange, el enigmático personaje que ha organizado todo esto. En Estados Unidos piden que se le juzgue, incluso que se le fusile por alta traición, y en la historia, como en toda buena historia, aparece cada vez más la CIA. Los espías más secretos del mundo podrían haber pagado montañas de dólares a las dos mujeres que acusan a Assange de violación, causa por la que intentan cargárselo en Reino Unido y Suecia antes de empaquetarlo en un vuelo a Nueva York. La CIA es fascinante. Solo con su historia pueden escribirse millones de novelas, inventarios sobre sus secretos vacíos, como “The Company”, de Robert Littell, o “The soul of Viktor Tronko”, de David Quammen.

A este paso desclasificarán los archivos de la CIA y descubriremos que a Kennedy lo mató una alianza de espías resentidos y mafia cubana. Que el alunizaje del Apollo 11 lo rodaron en Hollywood. Que en una base militar de Nevada se experimenta con tecnología alienígena. Todo lo que ya sabíamos.

Cuando a Umberto Eco intentan convencerle de que Wikileaks es más importante de lo que él cree, el genio de la semiótica cede y admite que “prefigura un futuro dominado por la regresión”. Tiene mala pinta. Ha venido a Madrid para presentar un libro que nadie sabe leer. Quizás alguien consiga escribir algo decente a partir de los cables de Wikileaks, pero tendrá que hacerlo con hipervínculos, párrafos de cinco líneas y en 140 caracteres.

Internet y la privacidad avanzan de la mano, planteándose cada poco la idea de una regulación-censura que destroce la máxima de que nadie puede poseer ni controlar nada de lo que circula por una Red que está, al igual que Dios, en todas partes y en ninguna. A mediados de los noventa todavía era posible encontrar gente que preguntaba dónde estaba Internet o quién lo manejaba, pero con los años nos hemos acostumbrado a la gran telaraña omnisciente (gracias a Google y Wikipedia), omnipresente (gracias al Wi-Fi) y quizás, solo quizás, omnipotente.

Usamos el anglicismo “privacidad” en lugar de “intimidad”. Nos inquieta la definición de la RAE: “Zona espiritual íntima de una persona o grupo”. Poca intimidad-privacidad podremos tener cuando nos paseamos por la gran Red, comparable a la plaza del pueblo.

El caso Wikileaks fastidia la privacidad de los poderosos de manera masiva. Los cotilleos de los espías han salido de la zona espiritual íntima de las embajadas y están ahora en la plaza del pueblo. Ni Berlusconi ni Putin han sido etiquetados en Facebook en una foto escabrosa y ningún embajador ha usado Internet para encontrar su intimidad perdida. Los que han usado la Red han sido las gargantas profundas que han elegido Wikileaks porque sabían que era la mejor manera de que se enterasen todos. Hemos aprendido mucho de las innumerables venganzas de ex novios que cuelgan en la Red los desnudos de sus antiguos amores.

Wikileaks es mucho mejor que la plaza del pueblo: que se entere todo el mundo pero que nadie sepa que lo he dicho yo. Garantizado el anonimato, a la web llegan todo tipo de informaciones. No son rumores, son documentos, la letra impresa con toda su autoridad. Antes de esta gran remesa de cables sobre Estados Unidos y sus aventuras diplomáticas publicaron los correos electrónicos de Sarah Palin y los del Climagate. También disponen de información esotérica, como los pasos del ritual secreto de iniciación de la fraternidad Alpha Sigma Tau, logia de la joven élite yanqui.

El líder de este invento es un tipo extraño con aspecto de guitarrista de The Cure, pirata informático de infancia errante que abrió la página con la ayuda de un grupo de disidentes chinos. Uno de los socios fundadores les acusó en 2007 de estar subvencionados por la CIA, ni más ni menos. Al principio Wikileaks era genuinamente wiki: cualquiera podía publicar, editar y comentar las informaciones que construyen la web. Pero desde hace meses los comentarios están prohibidos y existe un filtro editorial para separar el grano de la paja.

El caso Wikileaks confirma algunas teorías de la conspiración. La de los arabes sunníes contra los chíitas de Irán. La de los chinos contra Google. La de Pakistán contra sí mismo.

Internet no está en ninguna parte, está en todas. Una de sus virtudes originales era la de disolver la propia intimidad en la Red para poder hablar libremente. El Internet de los foros y los chats anónimos, las identidades virtuales. La revolución 2.0. nos asigna una etiqueta definida, nos obliga a perder nuestra intimidad neurótica. Se pierde el anonimato y abundan las identidades, por todas partes hay perfiles y gente 2.0 que lo comparte todo en fotos, vídeos y textos de 140 caracteres. Nuestra zona espiritual a la vista de todos.

La fórmula de Wikileaks es proteger a las fuentes. Si a mayor anonimato, mayor libertad, todo parece indicar que caminamos decididos en la dirección contraria. La Red tiene cada vez más datos sobre nosotros, empieza a saber demasiado. Y se nos promete una revolución 3.0. en la que todos esos datos cobrarán vida y se asociarán entre sí de manera inteligente. A menos que nos hagamos con algún documento secreto que enviar a Wikileaks, solo somos una foto en Facebook. ¿Qué harán los poderosos para frenar a las gargantas profundos del futuro? ¿Dónde está Internet? ¿Y quién lo maneja?