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Cuentan que Arquímedes estaba en la bañera cuando descubrió el principio que lleva su nombre. Todos aprendemos de pequeños que, si la llenas mucho, el agua se desborda cuando te metes dentro, pero pocos reaccionamos como Arquímedes: el sabio de Siracusa salió desnudo y mojado a la calle para gritar el primer eureka de la historia.

El problema es que del eureka a las pesetas va un trecho, y no todas las grandes ideas se materializan sino que muchas se quedan en estado gaseoso, flotando en las conversaciones de los visionarios. Lo llaman vaporware: software y hardware que a duras penas se hace realidad. Fantásticas ideas vaporosas que se quedan en nada.

Hay quien acusa al vaporware de fraude: vendamos la piel del oso antes de cazarlo y, con el dinero que nos den por preinscripciones, compraremos el rifle para cazar a esa maldita bestia. Aunque parezca increible, algunas compañías venden por anticipado el producto sin que nadie jamás lo haya visto. Con ese dinero, fabrican el milagro. O no.

Vender humo forma parte de la naturaleza del homo tecnologicus. Normalmente se trata de argumentos bastante ingenuos. La marca de ordenadores Amiga anunció su Walker PC (literalmente “ordenador-que-camina”) en 1996. Era un ordenador con cuatro patas que fue comparado por su diseño con una aspiradora o el casco de Darth Vader. Nunca llegó a las tiendas y, un año después de anunciar el milagro, Amiga entró en bancarrota.

El abuelo del iPhone y del iPad se llamaba W.A.L.T., un tablet táctil que enviaba y recibía mensajes… ¡en 1993! Nunca lo comercializaron y, como suele pasar con Apple, nunca se supo por qué. Quizás tienen razón los tarados de este foro de física cuántica cuando plantean que Steve Jobs es un superhombre que viajó atrás en el tiempo y nos dice qué inventos podemos usar y cuáles no.

En 1991 se estrenó The Lawnmower Man. Pierce Brosnan era un genio de la realidad virtual que transformaba a un jardinero retrasado en un psicópata superdotado. La moda virtual llevó a Sega a anunciar unas gafas que permitirían meterse dentro de sus juegos. Las fabricaron pero resultaron ser chatarra. Los pocos elegidos que probaron los prototipos declararon que se veía borroso y daban dolor de cabeza.

Pero a veces el vapor se materializa en cosas que podemos comprar.
Kno es el nombre de un tablet con dos pantallas de 14 pulgadas, una enormidad que se suponía un mito hasta que llegó a las tiendas estas Navidades. Ya que no podían hacerlo mejor que el iPad, lo han hecho más grande. En la Red hay bastante cachondeo sobre el contraataque de Steve Jobs: ¿un iPad del tamaño de una alfombra? Lo llaman iMat.

En el mundo de los videojuegos el vaporware es denso como un baño turco. Los adictos llevan años esperando el videojuego de Harry El Sucio, pero el campeón de lo invisible es Duke Nukem Forever. Corría 1996 y las tres primeras entregas de la saga (un agente de la CIA del futuro que mata a todo lo que se mueve) habían sido un éxito. En abril del 97 se anunció un nuevo capítulo que cambiaría para siempre el mundo de los juegos. Duke Nukem Forever lleva desde entonces en desarrollo, con un amplio equipo de profesionales que trabaja para que no se quede en el limbo “forever”. Han pospuesto la fecha de lanzamiento durante 13 años y les han dado tanto la paliza que organizaron una rueda de prensa para comunicar que el juego solo saldrá “cuando esté acabado”. Entre tanto, la empresa ha quebrado y el proyecto lo ha retomado otra, que jura por lo más sagrado que se estrenará en mayo de este año.

Otros campeones del vapor son Steorn, compañía irlandesa que en 2006 descubrió la panacea: la manera de producir una energía inagotable, gratuita y no contaminante. Desde entonces han retado a la comunidad científica en varias ocasiones, asegurando que su invento contradice el primer principio de la termodinámica (la energía ni se crea ni se destruye, solo se transforma). El mundo sigue esperando y los experimentos de Steorn van de fracaso en fracaso.

Los escépticos dicen que la Web 3.0 (cuando la Red tome vida propia y converse consigo misma generando contenidos de manera autónoma) es algo intangible y fraudulento. El coche eléctrico es otro clásico, pero últimamente casi podemos tocarlo. Otras cosas parecen destinadas a ser nubes de vaporware durante mucho más tiempo, como los coches voladores, la clonación humana, las colonias en Marte o la llegada del Mesías, que quizás sea Arquímedes en pelotas y gritando eureka.

Llevamos siglos buscando el artilugio que nos sirva para TODO. El objeto mágico que nos otorgue el poder, el saber y la felicidad. En épocas medievales soñábamos con bolas de cristal para ver el mundo, pero ya hace tiempo que tenemos Internet, bolondrio descomunal desde el que nos asomamos a la realidad. En las historias de bolas de cristal el que la usa suele acabar consumido por ella, enloquecido, succionada toda su energía vital por los espíritus.

Desde siempre hemos soñado con el arma definitiva para destruir a nuestros enemigos (catapultas, cañones, armas químicas), pero ya hace tiempo que tenemos la bomba atómica, garantía de que los tiranos del mundo pueden enfadarse mucho pero sin llegar a pegarse demasiado, porque si lo hacen, se acabó todo. En cuanto a la felicidad, nos da por pensar que radica en tener amor y muchos amigos, y ya hace tiempo que disfrutamos de ingenios demoniacos como Facebook, Tuenti o, peor aún, Meetic.

El dispositivo-para-todo es una fantasía que alimenta nuestra imaginación con un combustible antiguo, el de la Piedra Filosofal o el Áuryn, hallazgos legendarios que cumplirán todos nuestros deseos. Los fabricantes de tecnología nos estimulan con estos mitos y seguramente ellos mismos creen que, tarde o temprano, conseguirán encontrar el Santo Grial del ocio, el cacharro que absorba nuestro tiempo de una vez por todas. A día de hoy, El Artilugio es el iPad, la tableta mágica. No es grande ni pequeña, es fácil de usar, tiene conexión a Internet, está de moda… Si naciese un hijo bastardo del iPad y el iPhone (con todas las posibilidades de los telefonillos inteligentes), estaríamos más cerca de la bola de cristal. Apple no ha anunciado nada de esto, aunque sí pequeños frankensteins como el iPad2.

La compañía de la manzana mordida (sucumbir a la tentación nunca sale gratis) tendrá que enfrentarse en 2011 a los mil y un competidores que sacarán tabletas al mercado, muchas de ellas más baratas que el iPad y mejores técnicamente. Motorola, Lenovo, Cisco, HP, Blackberry… La lista de los que han anunciado tablets revolucionarios es tan larga como la de los enemigos de Nixon, y no vale tirarles la bomba atómica.

A falta de algo mejor, la felicidad tendremos que buscarla en las redes sociales, donde pueden predecirse al menos un millón de intentos de golpes de Estado que desbanquen a Facebook, probablemente una sucesión de fracasos, como el que lleva anunciando Google desde hace una eternidad.

Tendremos tanto espacio disponible que el problema será encontrar el conocimiento suficiente para llenarlo. Ahora se lleva salvar nuestros archivos e informaciones en la Red, en la Nube, en la Bola, para no ocupar nuestra pobre y escasa memoria (la del iPad no da para mucho). Aun así, en 2011 se esperan discos duros de 3 terabytes, 300.000 veces más amplios que los de 10 megas con los que empezó todo. Y procesadores que transmitirán hasta 6 gigabits de datos por segundo. ¿Terminaremos succionados por tanto frenesí?

Faltan los videojuegos, el ocio puro y duro que invade tanto las tabletas como los móviles y cualquier dispositivo electrónico que se precie. Los reyes de las videoconsolas (Nintendo, Microsoft, Sony) se han enzarzado en una guerra por sustituir los mandos tradicionales . Ya no habrá botones, sino que los movimientos de nuestro propio cuerpo manejarán nuestro tiempo libre.

Introduzca TODO esto en un solo cacharro, más la inevitable publicidad, que enturbiará siempre nuestra imperfecta bola de cristal, y el resultado puede ser cualquier cosa, desde otro chasco industrial a la explosión tecnológica que cambie para siempre nuestra manera de buscar la felicidad, el saber, el poder.

A veces la tecnofilia no es mejor que la coprofagia. Acaba uno tragándose mil y un anuncios sobre las virtudes del nuevo gadget que salvará nuestras vidas y con un clic nos llevará, esta vez sí, a la Tierra Prometida. Vivimos en un positivismo extraño. Creemos que la tecnología podrá con todo, que convertirá el mundo en algo mejor. Pero no somos tan ingenuos como en el siglo XIX y recordamos (cada vez menos) algunos grandes chascos que prometían salvación y se quedaron en anécdota. El laser-disc iba a revolucionar el mundo audiovisual y todos íbamos a ir a la compra montados en un Segway (o peor aún: un Sinclair C5, considerablemente más horrendo).

En los años 70 fabricantes extranjeros coparon el mercado yanqui de coches con modelos pequeños y baratos. Los genios de la automoción contraatacaron con el Ford Pinto. Parecía funcionar, pero en su diseño se combinaban dos factores nefastos: depósito de gasolina atrás y una carrocería muy blanda. Si te golpeaban por detrás, era probable que el Pinto se incendiase y quedases atrapado dentro al chafarse las puertas. Cuando empezó a oler a barbacoa Ford lo negó todo y tiró de chequera.

Pese a que las masas corren a las tiendas de Apple para comprar uno, dos, los que hagan falta, los gurús pronostican la hecatombe del iPad, nuevo y flamante cacharro con el que podremos leer libros. En el XIX se arriesgaban más: querían ser más ligeros que el aire, volar. El zepelín fue un invento bastante bueno. En los años 20 ya había vuelos transatlánticos y se creía que el futuro de la aviación estaba en aquellos globos con forma de supositorio. La antena de 62 metros en la cima del Empire State Building fue pensada para amarrar zepelines. Todo se fue al garete cuando construyeron el más grande de la historia (una especie de Titanic) y, a falta de helio, lo inflaron con hidrógeno, altamente inflamable. Terminó en llamas y con sus pasajeros dentro. Lo del iPad será bastante menos trágico.

REPORTAJE sobre el grafeno, derivado del grafito con el que se construirán microchips más rápidos, baterías más duraderas y pantallas alucinantemente flexibles.