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“Paranoia es conocer todos los datos” (William S. Burroughs)

El Mal es lo que está fuera, en la oscuridad, más allá de muros y cerrojos. No quieres que te atrape, pero a veces se cuela por una rendija y se te mete dentro. Un día despiertas y eres otro. Abres los ojos y por tu mente no discurren los fantasmas habituales. Se llama Schreber, Daniel Paul Schreber, ilustre juez, candidato conservador derrotado en las elecciones regionales, marido frustrado por no poder engendrar un hijo. Se estira en la cama como hacen los mortales en los días festivos. Por su cabeza pasan imaginaciones y ensueños. Es agradable hasta que se escucha pensar esta frase: “Estaría bien ser una mujer en el momento en que la penetran“. Entonces despierta. Él no ha podido pensar eso. No ha sido su voz la que ha hablado. Alguien más le habita, se retuerce dentro. El Mal ya no está fuera. Schreber ha sido poseído.

Hay veces en que tiene la decencia de llamar a la puerta. Se llama Philip Kindred Dick, escritor frustrado por no poder engendrar una novela que valga la pena. Se siente espiado desde que dio los primeros pasos sobre una tierra de paranoia y guerra fría en la que ha sido vendedor de discos, entre otras cosas. Dejó los estudios por problemas de ansiedad. El sistema nos vigila, el Gobierno Federal nos lee el pensamiento, hay un coche que me sigue. Un día llaman a la puerta y ahí está el Mal: una pareja de agentes del FBI. Philip no estuvo siempre solo: nació acompañado de una gemela que murió en el parto. Enterraron al bebé bajo una lápida en la que también figuraba el nombre de Philip Kindred. “Era tu otra mitad, cuando mueras te enterraremos con ella”. Cosas macabras que hacen los padres.

El padre de Daniel Paul Schreber era una eminencia, el pedagogo más famoso de su tiempo, obsesionado con fabricar una raza mejor. Partidario del castigo corporal, inventor de los jardines de Schreber y de la mentonera que algunos tuvimos que llevar de pequeños para que nuestra mandíbula creciese correctamente, alejándose, en palabras de Papá Schreber, del “rumbo blando y decadente que parece emprender nuestra sociedad”. Nadie recuerda a Papá Schreber por sus logros sino por haber criado al psicótico más famoso de la historia.

Philip K. Dick es probablemente el mejor autor de ciencia-ficción de la historia. Ningún literato compartirá esta opinión (siempre le acusan de escribir mal, de sufrir de “prosa errática“) pero su obsesión con el Otro (su otra mitad, el bebé-gemelo que le esperaba en la tumba) le permitió escribir novelas brillantes por las que apenas vio un duro y con las que después Hollywood ganó millones (Blade Runner, Desafío Total, Minority Report…). El FBI le visitó porque su segunda mujer era socialista. Les hicieron algunas preguntas y la neurosis de Philip empezó a galopar a mayor velocidad de la habitual.  En los años setenta, cuando las utopías empezaron a caerse a pedazos, Dick vio un resplandor en la noche. Un rayo cósmico le cayó en la cabeza y nada volvió a ser igual. Descubrió que vivía dos vidas paralelas: la aparente, en una California resacosa tras la década del amor, y la real, como un paleocristiano al que hostigaban los romanos. Tal cual. Era uno de los primeros seguidores de Cristo y a los agentes del FBI les había enviado Poncio Pilatos. ¿Judas? Podía ser cualquiera: el vecino, tu mujer, Richard Nixon.

A Daniel Paul Schreber también le visitaron los rayos cósmicos. Una fuerza ajena le poseyó y le hizo pensar que quería ser una mujer humillada. Se presentó a las elecciones locales, perdió, le internaron por agotamiento nervioso en un psiquiátrico. Se recuperó y volvió a la vida, pero en 1893 se abrió otra grieta: le nombran presidente del Senado de la Corte de Dresde. Una nueva crisis y de vuelta al manicomio, donde empieza a escribir sus “Memorias de un neurópata“, un grueso manuscrito que tiene mucho en común con la “prosa errática” de Philip K. Dick. El orden cósmico ha sido alterado. Las cosas no son lo que parecen. Tras una historia trivial, es el destino de la humanidad lo que está en juego. Daniel Paul está convencido de que Dios le ha convertido en Virgen y después le ha violado. De su interior nacerá el Elegido, el primero de una nueva raza.

Tanto Schreber como Dick son manejados por un complejo juego de espejos. Cada persona tiene su par, cada héroe su némesis, y la historia ocurre al mismo tiempo en muchos planetas gemelos. Realidades paralelas y vidas pasadas: una de las mujeres de Dick había sido Cleopatra en otra vida; el guardián jefe de la clínica de Schreber había sido agente de seguros. En el principio el Edén, después el Mal se coló por una rendija. Tanto Dick como Schreber vivieron obsesionados con encontrar un remedio. Para el alemán la solución era tener un hijo de Dios Padre. Para el californiano se trataba de escribir la novela perfecta. Dos imposibles maneras de empezar de cero, reparar los daños.
Schreber estaba demasiado loco, pero como buen juez consiguió llevar su caso a los tribunales y librarse de la camisa de fuerza durante algunos años. En 1907, demente perdido, es ingresado por última vez. Morirá entre paredes acolchadas. Su último escrito solo tenía una palabra: “Inocente“, un veredicto quien sabe si inspirado por Dios, el Diablo o la CIA. Philip K. Dick consiguió escribir un puñado de novelas magníficas, pero nunca se desenganchó del cristianismo ni de las anfetaminas. Le dio un infarto en el 82, antes de ver estrenada “Blade Runner” y sin haber recibido un dólar. Le enterraron junto a su gemela.
Ninguno de los dos se curó nunca, nunca fueron mediocres ni miserables, ninguno consiguió escapar de la sensación de que el orden del universo (“incluso que sea día o noche”, escribió Schreber) dependía de ellos. Los dos creyeron que su salvación era la eternidad, a la que solo podían acceder mediante la escritura.
El manuscrito de Schreber rezuma cordura: un psicótico haciéndose pasar por ciudadano ejemplar, tinieblas que desquician, un preludio de lo que iba a pasar en Alemania 20 años después. Las novelas de Dick son una locura sin cálculo, una versión pulp de los grandes clásicos, la imaginación por encima del estilo, la crítica psicodélica al capitalismo, terminar una novela con la frase “aquello solo era el comienzo”, amontonar palabras para no pensar, invocar mil y un hechizos para que aguante la luz y el Mal se quede fuera, lejos, en la oscuridad.
“Nunca intentes resolver nada serio en mitad de la noche” (Philip K. Dick)
 

Entre las clasificaciones de mejores actores secundarios que circulan por Internet abundan las que ponen en la cima a Cristopher Walken, Martin Landau, Joe Pesci u otros que, con el éxito, abandonan el limbo de los secundarios y pasan al primer plano, como Paul Giamatti. No es fácil vivir a la sombra del guapo, del bueno, y de hecho una teoría afirma que el Oscar al mejor actor secundario va siempre para alguien feo y malo. En la definición encajan comparsas legendarios como Jason Robards, Lee Van Cleef o Danny Trejo. O Chris Cooper, a quien nadie conoce por el nombre pero que hacía de feo y malo en “American Beauty”, “El Caso Bourne”, “Syriana” o “Capote” (donde el protagonista era un secundario: Philip Seymour Hoffman).

Peter Lorre era simplemente mezquino, un pequeño traidor que se encargó de robar escenas a Bogart, Cary Grant y otros galanes en “Casablanca”, “El halcón maltés” o “Arsénico por compasión”. No necesitaba muchos minutos ni brillantes líneas de diálogo, le bastaba con su mirada paranoica y el sudor en las sienes.

Anthony Hopkins fue Oscar al mejor protagonista por “El Silencio de los Corderos” (feo, malo) pese a que en la película salía menos que algunos secundarios: 16 minutos, todo un récord.

En Hollywood a los secundarios no les espera otra cosa que una muerte rápida (si son malvados) o una lenta y dolorosa (si son buenos). A menudo un actor secundario bueno (el mejor amigo del protagonista) sufre una lenta y dolorosa muerte al principio de la película para que el héroe pueda vengarse al final en un combate contra un actor secundario malo y feo, feísimo, que muere de manera salvaje pero veloz.

Dan ganas de saber qué pasaría si las cámaras siguieran al secundario e ignoraran al protagonista. Esto se ha hecho de manera radical con los cómics de Garfield. En este blog se publican las viñetas originales retocadas, borrando de la escena al maldito gato naranja y dejando solo a su dueño, el triste Jon Arbuckle. El resultado fue tan sorprendente que Jim Davis, dibujante de Garfield, dio permiso para que fuese publicado este experimento, definido como “un viaje a las profundidades de la mente de un joven aislado más que lucha en una batalla perdida contra la soledad y la depresión en uno de los tranquilos suburbios de América”.

¿Y si el protagonista fuese solo una alucinación en la mente del secundario?


Famoso gracias a versos y canciones atroces, el motivo que más predomina es el que intenta convertir el río en una imagen paterna sustituta. En realidad, el Mississippi es una masa de agua siniestra y traicionera (…) No he conocido a nadie que se hubiera aventurado a introducir siquiera la punta del pie en sus asquerosas aguas contaminadas (…) En consecuencia, el Mississippi como Padre-Diós-Moisés-Papi-Falo-Pa es un símbolo totalmente falso, creado, imagino, por el funesto farsante llamado Mark Twain. Esta incapacidad de establecer contacto con la realidad es característica de casi todo el “arte” de Norteamérica. Cualquier relación entre el arte norteamericano y el marco geográfico norteamericano es pura coincidencia; pero esto se debe sólo a que la nación como conjunto no tiene contacto alguno con la realidad. Es una de las razones por las que siempre me he visto forzado a vivir en los márgenes de nuestra sociedad, consignado en el Limbo reservado a los que conocen la realidad cuando la ven. (La conjura de los necios, John Kennedy Toole, Anagrama, 1992, p. 127-128).

Reilly tiene razón. La Estatua de la Libertad no es tan grande como en las películas. Es siete veces más pequeña que la Torre Eiffel.

El letrero de Hollywood, plantado en una colina de Los Ángeles, no es la puerta de entrada a una fábrica de sueños porque la contaminación lo oculta tras el horizonte. Lo construyeron en los años veinte para promocionar una urbanización de adosados baratos. Ponía Hollywoodland, pero después del 29 lo abreviaron. Peg Entwistle, actriz en paro, se suicidió saltando desde la letra H. Dejó esta nota de despedida: “Tengo miedo, soy una cobarde. Perdón por todo. Si hubiese hecho esto hace tiempo, me habría ahorrado mucho dolor“.

Pero en contra de las teorías del personaje de Ignatius Reilly en La conjura de los necios, hay relaciones entre el arte y el marco geográfico norteamericano, aunque sean pura coincidencia. El propio Reilly tiene una estatua en Canal Street, New Orleans. Y Jack Kerouac, líder de una generación que terminó obsesionada por la silueta del hongo atómico sobre el horizonte de Nagasaki, trabajó de peón en las obras del Pentágono, sancta sanctorum de los lanzadores de misiles.