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Se ha muerto David Markson, un escritor al que no conocíamos porque nunca quiso ser conocido. Le bastaba con saber que alguien en el planeta (aunque fuese el último ser vivo, como en La amante de Wittgenstein) leía sus libros. Le obsesionaban dos cosas: la muerte y el gusto por todo tipo de citas célebres y detalles sobre las vidas (y muertes) de grandes artistas.

Una obsesión no debe tomarse a la ligera: Markson tenía dos habitaciones de su piso en Greenwich Village habitadas por libros (unos 2.500); llamaba por teléfono a las bibliotecas para que le proporcionasen datos irrelevantes; recorría las librerías de Manhattan hojeando las últimas páginas de las biografías para averiguar cómo moría el protagonista. Lo hizo todo sin Internet. Nunca tuvo ordenador.

Markson inventó un género. Densos monólogos sobre alguien que no consigue expresar lo que piensa con las palabras adecuadas. Alguien que, cuando se siente atrapado por la ansiedad, recuerda microinformaciones insignificantes, retazos de vidas perdidas. Minucias que conforman un tejido viscoso en el que atrapar al lector:

“Leer novelas diluye la mente” (Kant) – Maquiavelo murió por espasmos estomacales – “La experiencia que nunca describiré” (Virginia Woolf hablando de su suicidio) – Maupassant devoraba sus propios excrementos – “He desperdiciado mis horas” (Leonardo en el lecho de muerte) – Lenin jugaba al tenis – “La tiranía de los ignorantes es insuperable y está asegurada para toda la eternidad” (Einstein) – Napoleón medía 168 centímetros:

Cuando terminé mi último libro, pensé: ‘Se acabó’. Pero después me encontré con algo curioso -no recuerdo qué era- y me dije: ‘No voy a copiarlo’. Pero lo copié en un trozo de papel, lo arrugué y lo tiré en una taza que tengo en mi escritorio. Más tarde encontré otra cosa, la copié en otro papel y lo tiré en el mismo sitio. Al final, la taza rebosaba con 40 o 50 de esos papeles. Y me dije: ‘¡Oh, mierda!, ¿otra vez estoy…?’. Hace unas semanas encontré una cita fantástica en una revista y me pasé el día haciendo todo lo posible por no recordarla. (David Markson, 2007)

Debido a que hemos fracasado a la hora de reinventar lo único que importa, el rock and roll, la humanidad ha decidido tirar la toalla y dedicarse a reescribir otros párrafos más satisfactorios.

De momento, hemos descubierto el libro, aunque ahora se llame ebook, tenga batería sólo para 15 horas y cueste 300 euros. En El Arca de la Alianza (el blog, no el ingenio radioactivo de los israelitas y de Indiana Jones), mencionan el “efecto bocadillo de chorizo”. No se trata del clásico “¡ni que hubieras inventado el bocadillo de chorizo!”, sino de algo mucho más simple. Los detractores de las pantallas táctiles argumentan que, si uno ha comido un bocadillo de chorizo, sus pringosas manos pringarán la pantallita. Estamos reinventando incluso las expresiones del terruño.

La revolución en los libros electrónicos llegará de la mano de los hipervínculos en los textos, que no son otra cosa que una puesta al día de las glosas silenses (siglo XI). También hemos concebido una horrenda bicicleta “hecha para reducir las emisiones de CO2″. No recuerdo que las de toda la vida echasen mucho humo.

Pero la palma se la llevan las autoridades egipcias. Han anunciado a bombo y platillo que los que construyeron las pirámides no lo pasaron tan mal. Nos dicen que eran familias pobres muy respetadas por su trabajo. Tanto, que si se morían en el tajo les enterraban allí mismo, como en el Valle de los Caídos. No eran esclavos, les llamaban obreros.

Menos mal que es posible encontrar en la Red la impagable noticia de la invención de la rueda.

Por fin pude ver Tetro de Coppola. Bien hecha. No me gustó. Un envoltorio muy sofisticado para una historia que no es tan profunda como todos los personajes parecen creer.

Yo y mi yo y mi ego… El personaje de Vincent Gallo es pelín insoportable. Menos mal que está Maribel Verdú, aunque incomprensiblemente ella no se guste en la película.

Coppola es insuperable cuando le obligan a hacer lo que no quiere, los famosos encargos (El Padrino, Apocalypse Now…) a los que tuvo que “rebajarse” cuando andaba arruinado. Sus proyectos personales y autoproducidos, por más que digan los críticos, suelen ser pedantes (su pieza para “Historias de Nueva York” es mejor olvidarla).

Esta vez parece que nadie le salva, aunque como es Coppola -un respeto, por favor- las críticas reflejan más decepción que furia homicida. Lo mejor es el principio, la presentación, el ambiente…la Boca!!!