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“La ignorancia y la superstición mantienen una estrecha relación matemática” James F. Cooper

La isla de Pascua es un pedacito de tierra volcánica del tamaño de Castellón (102 kilómetros cuadrados). Perdida en mitad del Pacífico, los vecinos más cercanos están a 2.100 kilómetros, en el archipiélago de las Pitcairn, lo que convierte a Pascua en el lugar más aislado del mundo. En torno al año 900, una familia polinesia naufragó en una isla virgen de la que ya no podría salir jamás, pero en la que nadie iba a molestarles durante más de ocho siglos. Los suelos eran fértiles y el clima templado. Había verdes bosques, arroyos de agua dulce y pesca abundante. Tenían plátanos, pollos y azúcar. Aquello podía haber sido el paraíso.

El primer extraño en pisar este ecosistema fue un navegante holandés. En 1722 su barco tropezó con la minúscula isla y encontró diez mil indígenas famélicos que le miraban con el pánico en los ojos. En Pascua no había un solo árbol y apenas quedaban pájaros. Pasaban tanta hambre que se comían los unos a los otros. Tiradas en varios lugares de la isla había un millar de estatuas de piedra, los moais, que medían entre 4 y 21 metros y pesaban entre 10 y 270 toneladas.

El “misterio de Pascua” es la duda de cómo pudieron estos indígenas, que no conocían ni la rueda ni la grúa ni el metal ni los animales de tiro, esculpir e izar aquellas moles de piedra. Erich Von Däniken, brillante chalado de lo esotérico, propuso la “teoría” que despertó la pasión paranormal. Dijo que en un tiempo remoto una nave alienígena había quedado varada en la isla. Mientras los extraterrestres esperaban a que viniesen a rescatarlos, se dedicaron a la escultura. Después se marcharon de vuelta al espacio exterior.

No hay nada más esotérico que la estupidez humana. A las pocas décadas de instalarse en el paraíso, los habitantes de Pascua ya se habían dividido entre una minoría de ricos y una masa de pobres. Los ricos no trabajaban, tenían casas grandes y comían mejor. Si los pobres les respetaban era solo por una cosa: se comunicaban con los dioses para conseguir buenas cosechas y evitar las desgracias.

Todos los jefes juraban descender por línea directa del Padre fundador, el líder del clan que había llegado en canoa a la isla. Uno de estos ricos decidió construir una estatua a la puerta de su mansión que rindiese homenaje al Gran Abuelo. No le hicieron falta ni la rueda ni la grúa ni los animales de tiro. Tenía sus propias bestia de carga: esclavos. La tecnología que se usó para erigir los moais de Pascua fue tan alienígena como la de las pirámides de Egipto: el penoso y patético sufrimiento de unos hombres arrastrando grandes piedras con ayuda de cuatro tablas y unas cuerdas.

Cuando la estatua estuvo terminada, el resto de ricos enfermó de envidia. Todos empezaron a construir sus propias estatuas, a cada cual más grande, y pronto la economía de la isla giraba en torno a los moais: comida para alimentar a esclavos que talaban bosques para obtener sogas y troncos que ayudasen a desplazar las piedras.

El paraíso se quedó sin bosques, la tierra fue escurriéndose hacia el mar sin ninguna vegetación que la sujetara, disminuyeron las lluvias y los campos se tornaron estériles. No quedó madera decente para construir canoas, así que la pesca más allá de la orilla pasó a la historia. No hubo manera de esculpir más moais, y cientos de ellos quedaron a medio hacer en las canteras. Allí siguen, como testimonio de un pueblo estúpido que arruinó su futuro.

Con los recursos agotados y las cosechas menguando, la coartada religiosa se vino abajo y llegó el día del cuchillo. Las masas hambrientas mataron a sus amos y derribaron los moais. Después vinieron las guerras civiles y el canibalismo. Escaldados por un pasado de adoración de símbolos fálicos, los nuevos habitantes de Pascua aprovecharon los escasos remansos de paz para dibujar vaginas sobre los moais caídos, en torno a los que crecía la hierba y el olvido. Empezaron a adorar a un hombre-pájaro: con sus grandes alas era el único que podía huir de aquel paraíso que se había convertido en prisión.

Cuando los europeos llegaron a Pascua encontraron indios desnutridos y moles de piedra que no servían para nada. Pese al afán de muchos (solo en España: Jiménez del Oso, J.J. Benítez, Iker Jiménez…), no hubo nada alienígena en Pascua. Solo cualidades genuinamente terrícolas: codicia, ignorancia y violencia.

Desde hace más de medio siglo los científicos tienen más o menos claro lo que pasó, y muchos interpretan el fatal destino de la isla como una pésima gestión por parte de unos polinesios analfabetos. La realidad es que los europeos pasaron siglos construyendo catedrales colosales que agotaron sus recursos, y después salieron al mundo a buscar más. Encontraron esclavos y siguieron construyendo cosas, a cada cual más grande. Hace años el edificio más alto de Madrid era la torre Picasso. Ahora 4 torres siniestras hacen que el resto de la ciudad parezca un skyline pigmeo.

Déjame mandar y hablaré con los dioses y la cosecha será buena. Déjame que me ocupe de los asuntos importantes y la prima de riesgo bajará, la economía crecerá, se crearán puestos de trabajo… Lo que antes eran conjuros indescifrables para el común de los mortales ahora son los credit default swap y otros enigmas financieros que resuelven los economistas, “grandes sacerdotes de lo oculto” en palabras de David Anisi.

Tras su particular cataclismo, los habitantes de Pascua se sumieron en una edad de las tinieblas. Su cultura y su sociedad dieron un salto hacia atrás de quinientos años. Los especialistas concluyen que todos habrían acabado muertos por inanición si no hubiesen llegado los europeos, que los rescataron de un aislamiento troglodita para acto seguido raptar a cientos de ellos y venderlos como esclavos en Perú.

El planeta está hoy tan aislado en el universo como en su día lo estuvo Pascua en el océano. Cuando caigan nuestros moais la única esperanza vendrá, esta vez sí, de los anhelados alienígenas. ¿Qué encontrarán cuando aterricen? 

“Paranoia es conocer todos los datos” (William S. Burroughs)

El Mal es lo que está fuera, en la oscuridad, más allá de muros y cerrojos. No quieres que te atrape, pero a veces se cuela por una rendija y se te mete dentro. Un día despiertas y eres otro. Abres los ojos y por tu mente no discurren los fantasmas habituales. Se llama Schreber, Daniel Paul Schreber, ilustre juez, candidato conservador derrotado en las elecciones regionales, marido frustrado por no poder engendrar un hijo. Se estira en la cama como hacen los mortales en los días festivos. Por su cabeza pasan imaginaciones y ensueños. Es agradable hasta que se escucha pensar esta frase: “Estaría bien ser una mujer en el momento en que la penetran“. Entonces despierta. Él no ha podido pensar eso. No ha sido su voz la que ha hablado. Alguien más le habita, se retuerce dentro. El Mal ya no está fuera. Schreber ha sido poseído.

Hay veces en que tiene la decencia de llamar a la puerta. Se llama Philip Kindred Dick, escritor frustrado por no poder engendrar una novela que valga la pena. Se siente espiado desde que dio los primeros pasos sobre una tierra de paranoia y guerra fría en la que ha sido vendedor de discos, entre otras cosas. Dejó los estudios por problemas de ansiedad. El sistema nos vigila, el Gobierno Federal nos lee el pensamiento, hay un coche que me sigue. Un día llaman a la puerta y ahí está el Mal: una pareja de agentes del FBI. Philip no estuvo siempre solo: nació acompañado de una gemela que murió en el parto. Enterraron al bebé bajo una lápida en la que también figuraba el nombre de Philip Kindred. “Era tu otra mitad, cuando mueras te enterraremos con ella”. Cosas macabras que hacen los padres.

El padre de Daniel Paul Schreber era una eminencia, el pedagogo más famoso de su tiempo, obsesionado con fabricar una raza mejor. Partidario del castigo corporal, inventor de los jardines de Schreber y de la mentonera que algunos tuvimos que llevar de pequeños para que nuestra mandíbula creciese correctamente, alejándose, en palabras de Papá Schreber, del “rumbo blando y decadente que parece emprender nuestra sociedad”. Nadie recuerda a Papá Schreber por sus logros sino por haber criado al psicótico más famoso de la historia.

Philip K. Dick es probablemente el mejor autor de ciencia-ficción de la historia. Ningún literato compartirá esta opinión (siempre le acusan de escribir mal, de sufrir de “prosa errática“) pero su obsesión con el Otro (su otra mitad, el bebé-gemelo que le esperaba en la tumba) le permitió escribir novelas brillantes por las que apenas vio un duro y con las que después Hollywood ganó millones (Blade Runner, Desafío Total, Minority Report…). El FBI le visitó porque su segunda mujer era socialista. Les hicieron algunas preguntas y la neurosis de Philip empezó a galopar a mayor velocidad de la habitual.  En los años setenta, cuando las utopías empezaron a caerse a pedazos, Dick vio un resplandor en la noche. Un rayo cósmico le cayó en la cabeza y nada volvió a ser igual. Descubrió que vivía dos vidas paralelas: la aparente, en una California resacosa tras la década del amor, y la real, como un paleocristiano al que hostigaban los romanos. Tal cual. Era uno de los primeros seguidores de Cristo y a los agentes del FBI les había enviado Poncio Pilatos. ¿Judas? Podía ser cualquiera: el vecino, tu mujer, Richard Nixon.

A Daniel Paul Schreber también le visitaron los rayos cósmicos. Una fuerza ajena le poseyó y le hizo pensar que quería ser una mujer humillada. Se presentó a las elecciones locales, perdió, le internaron por agotamiento nervioso en un psiquiátrico. Se recuperó y volvió a la vida, pero en 1893 se abrió otra grieta: le nombran presidente del Senado de la Corte de Dresde. Una nueva crisis y de vuelta al manicomio, donde empieza a escribir sus “Memorias de un neurópata“, un grueso manuscrito que tiene mucho en común con la “prosa errática” de Philip K. Dick. El orden cósmico ha sido alterado. Las cosas no son lo que parecen. Tras una historia trivial, es el destino de la humanidad lo que está en juego. Daniel Paul está convencido de que Dios le ha convertido en Virgen y después le ha violado. De su interior nacerá el Elegido, el primero de una nueva raza.

Tanto Schreber como Dick son manejados por un complejo juego de espejos. Cada persona tiene su par, cada héroe su némesis, y la historia ocurre al mismo tiempo en muchos planetas gemelos. Realidades paralelas y vidas pasadas: una de las mujeres de Dick había sido Cleopatra en otra vida; el guardián jefe de la clínica de Schreber había sido agente de seguros. En el principio el Edén, después el Mal se coló por una rendija. Tanto Dick como Schreber vivieron obsesionados con encontrar un remedio. Para el alemán la solución era tener un hijo de Dios Padre. Para el californiano se trataba de escribir la novela perfecta. Dos imposibles maneras de empezar de cero, reparar los daños.
Schreber estaba demasiado loco, pero como buen juez consiguió llevar su caso a los tribunales y librarse de la camisa de fuerza durante algunos años. En 1907, demente perdido, es ingresado por última vez. Morirá entre paredes acolchadas. Su último escrito solo tenía una palabra: “Inocente“, un veredicto quien sabe si inspirado por Dios, el Diablo o la CIA. Philip K. Dick consiguió escribir un puñado de novelas magníficas, pero nunca se desenganchó del cristianismo ni de las anfetaminas. Le dio un infarto en el 82, antes de ver estrenada “Blade Runner” y sin haber recibido un dólar. Le enterraron junto a su gemela.
Ninguno de los dos se curó nunca, nunca fueron mediocres ni miserables, ninguno consiguió escapar de la sensación de que el orden del universo (“incluso que sea día o noche”, escribió Schreber) dependía de ellos. Los dos creyeron que su salvación era la eternidad, a la que solo podían acceder mediante la escritura.
El manuscrito de Schreber rezuma cordura: un psicótico haciéndose pasar por ciudadano ejemplar, tinieblas que desquician, un preludio de lo que iba a pasar en Alemania 20 años después. Las novelas de Dick son una locura sin cálculo, una versión pulp de los grandes clásicos, la imaginación por encima del estilo, la crítica psicodélica al capitalismo, terminar una novela con la frase “aquello solo era el comienzo”, amontonar palabras para no pensar, invocar mil y un hechizos para que aguante la luz y el Mal se quede fuera, lejos, en la oscuridad.
“Nunca intentes resolver nada serio en mitad de la noche” (Philip K. Dick)
 

“Cambiar no es obligatorio. Sobrevivir tampoco” (William Edwards Deming).

Citar a Deming parece apropiado ahora que Japón redescubre la pesadilla atómica, ya que él fue uno de los artífices de la reconstrucción tras Hiroshima y Nagasaki. Os destruimos pero os enseñaremos a caminar de nuevo, le dijeron al sometido pueblo nipón. Y allí estaba Deming, profesor de Estadística al que muchos hacen responsable de que Japón se especializase en productos de alta calidad y alta tecnología. Algunos de sus principios deben sonar rocambolescos para nuestras empresas, como el de no centrarse en los beneficios a corto plazo sino en inversión a largo término, o el de “eliminar el miedo” para que todo el mundo trabaje mejor. Llevado a Japón para que el invasor censara a los invadidos, dijo cosas que hoy suenan subversivas, como lo de desterrar de la empresa la rivalidad entre trabajadores, “principal causa de la baja productividad y la baja calidad”.

La productividad no consiste en nacer en Berlín y tampoco tiene nada que ver con hacer horas extra (de hecho es todo lo contrario a hacer horas extra). Hay varias maneras de ser productivo. La manera japonesa es que trabajen las máquinas. La italiana es tener productos de calidad y saberlos vender. En España tenemos el jamón ibérico, mucho más productivo hoy que hace 10 años, y eso que no se ha introducido ni un solo cambio tecnológico. Se debe únicamente a que se ha puesto de moda en California, donde están dispuestos a pagar mucho dinero para poder catarlo. Si la productividad es igual a dividir los resultados logrados por los recursos empleados, tenemos que el mismo jamón consigue mejores resultados, y la pata del cerdo gana en productividad sin pasar por Alemania.

Ni el neoludismo ni el neoliberalismo quieren entenderlo, pero el reto es que tanto las máquinas como las ideas trabajen para nosotros. Hubo un tiempo en que la idea era trabajar cada vez menos horas, y durante esas horas rendir cada vez más y cada vez con menos esfuerzo. Es para lo que sirven la tecnología y las ideas: hacen tu vida mejor.

El problema viene cuando nos encariñamos tanto con una idea, o con una tecnología, que no estamos dispuestos a abandonarla, aunque ya no sirva para nada, aunque empiece a ser un fastidio tener que defenderla cada mañana. O cuando adoptamos una nueva idea-tecnología sin saber por qué lo hacemos. Si no sabes para qué usar el iPad, no lo compres. Si no quieres que tus amigos te molesten con banalidades, no te metas en Facebook. No es obligatorio.

El problema viene cuando confundimos sentimientos con ideas. “Quiero ser feliz” no es una idea, pero podemos pensar ideas que nos ayuden a ser más felices. “Quiero ser libre” tampoco es una idea. Ninguna tecnología es feliz ni libre. Son solo máquinas, mesas, sillas, puertas… Hay que andarse con cuidado, porque lo antinuclear parecía hasta hace unas semanas una idea caduca, superada. Tenemos la tecnología necesaria para que sea una energía segura, nos decían. Y de repente Fukushima. En Italia se arrepienten de haber tirado a la basura la “silla” antinuclear, y anuncian que se lo pensarán dos veces antes de construir tropecientasmil centrales.

¿Cuándo se supera una idea? ¿Y una tecnología? A veces demasiado pronto, otras veces muy tarde. No es obligatorio cambiar, hay quien se queda toda la vida igual y consigue sobrevivir, como los fans acérrimos del heavy metal, que por pura constancia vuelven de moda con cada uno de los inevitables revivals. La vida es peor desde que existe Internet, dicen algunos, pero eso no es una idea. Internet es una mesa, útil para unas cosas y absurda para otras. El secreto es hacerlo fácil. ¿Existe algo más simple que un e-mail? En 1959, Arthur Summerfield, responsable del servicio de correos de Estados Unidos, utilizó un submarino del Ejército para lanzar un misil al que acopló una carta. Presionado por las altas esferas, buscaba la manera de convertir el correo transoceánico en algo rápido y eficaz: “Estamos en el umbral del correo por cohete. El correo llegará en misiles desde Nueva York a Australia”. Se equivocaba. Ya lo decía Deming: “No confíes solo en la tecnología para resolver tus problemas”.

El 9 de noviembre se cumplen 20 años de la caida del muro de Berlín. En la memoria ha quedado una sensación de euforia, casi un recuerdo implantado, omnipresente incluso en las mentes de los que no lo vivieron, o en las de los que lo hicieron con inquietud. Todo borrado. Aquello fue el triunfo de la democracia, una gran fiesta, y punto.

Los más razonables llevaban tiempo criticando la división del planeta en dos bloques perversos que se repartían países y vidas como si jugasen a los dados. No podían imaginarse que después de aquel dualismo enfermo vendría el fin de la Historia de Fukuyama: la imposibilidad de salirse de un marco político y económico que se ha convertido en dogma sagrado.
Es el mercado, estúpido
Poco importa que el modelo que triunfó entonces esté ahora en crisis. No hay alternativa. El mundo de las ideas es un páramo en el que es obligatorio jurar fidelidad al mercado neoliberal. De lo contrario, vendrán las acusaciones: totalitario, populista, dictatorial. Y en la mayor parte de los casos tendrán razón. Las únicas alternativas, en rincones de Latinoamérica y Asia, son deformaciones grotescas de la última URSS, que copian minuciosamente todos sus defectos.

En tres meses nos saturarán con reportajes y documentales. Veremos a las masas rebosantes de alegría y a los expertos de siempre repetir que fue el fin de la oscuridad y el comienzo de una era de prosperidad. Nos lo creeremos porque no seremos capaces de establecer relación entre aquel 1989 y este 2009. Será un monumento, otro más, al pensamiento único.

Existen, sin embargo, opiniones discordantes, que no aparecerán por ninguna parte. Apenas 20 horas después de la caida del Muro, Alessandro Natta, ex secretario del Partido Comunista Italiano (PCI), respondía así al “¿qué hacemos?” que le formulaba un dirigente más joven:

¿Y qué queréis hacer? Es un mundo el que cae, cambia la Historia… Hitler ha vencido, su modelo se impone después de medio siglo. Ideas y proyectos de cambio son eliminados. No para siempre, creo. Volverán, en treinta años, cincuenta… No sé dónde, no sé bajo qué forma. La necesidad permanece. Pero serán diferentes de estos que hemos conocido. No tendrán nada que ver con los de este siglo. (Qualcuno era comunista, Luca Telese, 2009, Sperling & Kupfer, p.20)

Se puede pensar que era un viejo nostálgico, un estalinista que analizaba los cambios según las viejas coordenadas (aún así estuvo entre los que desmantelaron el PCI para llevarlo a la socialdemocracia). Pero es difícil llegar a conocer sus palabras. Su testimonio naufraga en páginas perdidas, páginas sospechosas de esa Historia que, en teoría, se ha terminado.

Y es que todavía existe un Muro. Pero ya no hay nadie al otro lado…

EL MURO