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Solo valen las palabras. El resto es charlatanería (Eugène Ionesco).

Son cinco mil años de escribir letras para formar palabras que se encadenan en frases. Tan fácil como juntar la p con la a y decir papá, pero no todos los plumillas consiguen el Nobel ni todos los libros ser reeditados. Para leer los volúmenes escritos en estos cinco mil años harían falta nueve mil vidas (leyendo cada libro en 2 días y viviendo 80 años). En 2003 la Universidad de Berkeley estableció que la Humanidad había publicado 175 millones de títulos diferentes. En 2010 los ingenieros locos de Google hicieron sus cálculos y les salieron 130 millones. Según esto, en el mundo habría más libros que japoneses pero menos que rusos. Es un alivio.

Cuando nuestra nostalgia por volver a ser monos no podía ser mayor, al texto de toda la vida vino a sumarse el hipertexto. La maldita Red nos complicó la vida. Ya no podemos pasar página. Cada web tiene enlaces que llevan a otros textos que tienen enlaces que llevan a otras webs. Y así hasta el infinito. ¿Cuántas palabras se malgastan cada día en Internet? Tan sencillo como pulsar las teclas, juntar la m con la a y decir mamá.

El texto nos satura y las palabras son indigestas. Los gurús aseguran que cada vez soportamos menos los párrafos largos. En la Red son tabú los que tienen más de 10 líneas. En Twitter todo lo que pase de 140 caracteres no existe, aunque abundan los frustrados que plantan un enlace a su tweet alargado, en el que se explayan sin límites. El poder de síntesis nunca fue muy humano.

El advenimiento del nuevo Facebook está convirtiendo el corral más frecuentado por los hombres-mono en una realidad más visual. Grandes fotos de apertura personalizadas, imágenes que resuman nuestra vida como si fuese un álbum de familia. Si no pueden entrar por nuestro cerebro, un tanto oxidado, nos penetrarán por los ojos.

Y luego está la sensación del año, Pinterest, una red social para compartir imágenes que solo consiente breves anotaciones, haikus que se parezcan más al metalenguaje que a los discursos. Con un crecimiento espectacular, incluso alarmante, el único orden en el caos visual es el que los usuarios imponen con sus álbumes temáticos.

Los más populares son los que agrupan platos deliciosos, especialmente postres, lo que siempre se llamó “comer con los ojos”.  También son comunes los paisajes asépticos y perfectos, como un fondo de pantalla, algo bello pero insulso, perfecta metáfora de lo que  busca el mono tras saciar su hambre. Las empresas intentan meter mano animando subliminalmente a que creemos carpetas con nuestros productos favoritos: macabras galerías de zapatos, bolsos o el engañoso My Style, uno de los álbumes que nos aparece por defecto al registrarnos.

Pero como en toda fiesta, siempre hay algo que merece la pena. En Pinterest hay 767 posados de Marilyn Monroe en una sola pantalla, 141 grafitis que podrían estar en un museo, 97 boxeadores legendarios… ¿Cuántas imágenes pasan por nuestra retina cada día? Ni tan siquiera en Google se han atrevido a hacer el cálculo.

Tan sencillo como abrir los ojos y no decir nada. Siempre fue posible caminar en silencio y navegar sin pulsar una sola tecla, dejarnos llevar por las olas y el clic del ratón. ¿Cómo hacer para cruzar la ciudad sin ver los carteles publicitarios? Tendremos que volvernos insensibles a la imagen igual que al texto. Si no podemos leer ni 10 líneas, tampoco seremos capaces de asimilar 10 instantáneas.

Cinco mil años de juntar letras para que el hombre-mono termine compilando un álbum de plátanos. Cuando todo acabe, ¿recordaremos una sola palabra? ¿Habremos asimilado lo que significó Marilyn para nuestras mentes simiescas?

Los flujos de dinero, igual que los ríos, atraen no solo al Capitán Pescanova sino también a pequeños pescadores, marisqueiros y vendedores de plancton. Junto a la corriente se sitúan los que sondean las tendencias del mercado. Pronostican lo que venderá, lo que volverá a estar de moda. A menudo se equivocan, pero cuando aciertan se convierten en la sibila del mes y se forran.

En Trendwatching auguran que 2011 será el año de la “generosidad”. El negocio no será una cuestión de coger la pasta y echar a correr, sino que se exigirá humanitarismo de toda gran empresa. No se trata solo de apadrinar niños o de Bill Gates donando su fortuna a las buenas causas. Los oráculos aseguran que los mercados emergentes se sumarán a esta tendencia. Tendremos filántropos chinos, indios, brasileños. Incluso los rusos se harán buenos.

Esta generosidad sui géneris se debe a que la gente desconfía hoy más que nunca. Es un cambio en los modales. Ahora hay que currarse los preliminares. Hasta minúsculas empresas de fontanería se lanzan a las redes sociales para convertirse, literalmente, en amigos de sus clientes. Les hablan como colegas, les convencen de que son buena gente. También organizan promociones que tienen como premio alguna baratija de dudosa utilidad, pero eso no es nuevo, ¿quién no recuerda la Bati-Cao, aquella cucharilla con motor para hacer batidos?

Y es que los malos siempre intentan parecer buenos. Los anuncios de Coca-Cola son un paradigma, aunque han exagerado tanto que últimamente dan más miedo que otra cosa. Utilizar imágenes de niños (mejor si son pobres) es otro clásico. Entonces, ¿qué ha cambiado? Probablemente los consumidores, que se han hecho malos. Ya no son los palurdos impresionables a los que se convencía con un 2×1 o con una camiseta XL a cambio de enviar códigos de barras recortados con esmero de las cajas de cereales. Ya no se fían, están de vuelta de todo, son pistoleros curtidos en mil desamores y saben qué cara poner cuando les llaman a deshora ofreciéndoles un ADSL más barato.

Los malos van de buenos y los buenos están de malas. Somos incrédulos, ya no funciona lo de poner el precio a 999 pesetas. Aborrecemos a las grandes compañías (excepto Apple, que nos lava el cerebro con su generoso perfil). Maltratamos a los vendedores (los que iban puerta a puerta son una especie extinta, hasta los Testigos de Jehová difunden “Atalaya” por las redes sociales). No es por crueldad, es que sabemos lo que vienen buscando. Así que los malos, acorralados, escapan hacia Facebook y hacen que sus copywriters redacten chistes para que nos hagamos fans. Nos dan mimos porque saben que podemos ser peligrosos.

La Disco Demolition Night fue un gran fracaso (o todo un éxito, según se mire). Chicago, 1979. Un popular disc-jockey es despedido por pinchar AOR (Genesis, Supertramp, Foreigner…) en lugar de música disco, que era lo que estaba de moda. Contratado por una emisora rival, el tipo percibe una tendencia, un cambio en la corriente del río, y organiza un movimiento anti-disco. Aunque nadie más se había dado cuenta, las gentes de Chicago estaban hartas de la música disco. La iniciativa culminó con una promoción: se acercaba un importante partido de béisbol y todo el que llevase al estadio uno o varios vinilos de música disco podría entrar gratis. Los vinilos se amontonarían en un inmenso contenedor forrado de explosivos que sería detonado para delirio del público. Los organizadores esperaban 12.000 personas, se presentaron 90.000. Llegado el momento de la verdad, la explosión provocó un pequeño incendio y los hooligans invadieron el campo. Partido cancelado, antidisturbios, una masa enloquecida saqueaba y destrozaba todo lo que podía, arrojaba vinilos al aire como si fueran frisbees y gritaba: “¡Odio la música disco!”.

Las reglas han cambiado. Somos malos y se andan con cuidado porque en Twitter puede organizarse algo mucho peor que la Disco Demolition Night. Cualquier reputación peligra si los pistoleros disparan. De esta relación quizás salga algo bueno, unos cuantos filántropos chinos, por ejemplo. Pero es poco probable que la generosidad de unos u otros se contagie al lado opuesto de la barra. Se parece a la cita cinéfila favorita de todos los chicos malos:

-Ahora que tú y yo nos entendemos podrías pensar en hacer de mí una mujer honrada.
-Nunca serás respetable. Eres una puta y siempre lo serás. Y por eso me gustas.
(Forajidos de Leyenda, de Walter Hill, 1980)

Llevamos siglos buscando el artilugio que nos sirva para TODO. El objeto mágico que nos otorgue el poder, el saber y la felicidad. En épocas medievales soñábamos con bolas de cristal para ver el mundo, pero ya hace tiempo que tenemos Internet, bolondrio descomunal desde el que nos asomamos a la realidad. En las historias de bolas de cristal el que la usa suele acabar consumido por ella, enloquecido, succionada toda su energía vital por los espíritus.

Desde siempre hemos soñado con el arma definitiva para destruir a nuestros enemigos (catapultas, cañones, armas químicas), pero ya hace tiempo que tenemos la bomba atómica, garantía de que los tiranos del mundo pueden enfadarse mucho pero sin llegar a pegarse demasiado, porque si lo hacen, se acabó todo. En cuanto a la felicidad, nos da por pensar que radica en tener amor y muchos amigos, y ya hace tiempo que disfrutamos de ingenios demoniacos como Facebook, Tuenti o, peor aún, Meetic.

El dispositivo-para-todo es una fantasía que alimenta nuestra imaginación con un combustible antiguo, el de la Piedra Filosofal o el Áuryn, hallazgos legendarios que cumplirán todos nuestros deseos. Los fabricantes de tecnología nos estimulan con estos mitos y seguramente ellos mismos creen que, tarde o temprano, conseguirán encontrar el Santo Grial del ocio, el cacharro que absorba nuestro tiempo de una vez por todas. A día de hoy, El Artilugio es el iPad, la tableta mágica. No es grande ni pequeña, es fácil de usar, tiene conexión a Internet, está de moda… Si naciese un hijo bastardo del iPad y el iPhone (con todas las posibilidades de los telefonillos inteligentes), estaríamos más cerca de la bola de cristal. Apple no ha anunciado nada de esto, aunque sí pequeños frankensteins como el iPad2.

La compañía de la manzana mordida (sucumbir a la tentación nunca sale gratis) tendrá que enfrentarse en 2011 a los mil y un competidores que sacarán tabletas al mercado, muchas de ellas más baratas que el iPad y mejores técnicamente. Motorola, Lenovo, Cisco, HP, Blackberry… La lista de los que han anunciado tablets revolucionarios es tan larga como la de los enemigos de Nixon, y no vale tirarles la bomba atómica.

A falta de algo mejor, la felicidad tendremos que buscarla en las redes sociales, donde pueden predecirse al menos un millón de intentos de golpes de Estado que desbanquen a Facebook, probablemente una sucesión de fracasos, como el que lleva anunciando Google desde hace una eternidad.

Tendremos tanto espacio disponible que el problema será encontrar el conocimiento suficiente para llenarlo. Ahora se lleva salvar nuestros archivos e informaciones en la Red, en la Nube, en la Bola, para no ocupar nuestra pobre y escasa memoria (la del iPad no da para mucho). Aun así, en 2011 se esperan discos duros de 3 terabytes, 300.000 veces más amplios que los de 10 megas con los que empezó todo. Y procesadores que transmitirán hasta 6 gigabits de datos por segundo. ¿Terminaremos succionados por tanto frenesí?

Faltan los videojuegos, el ocio puro y duro que invade tanto las tabletas como los móviles y cualquier dispositivo electrónico que se precie. Los reyes de las videoconsolas (Nintendo, Microsoft, Sony) se han enzarzado en una guerra por sustituir los mandos tradicionales . Ya no habrá botones, sino que los movimientos de nuestro propio cuerpo manejarán nuestro tiempo libre.

Introduzca TODO esto en un solo cacharro, más la inevitable publicidad, que enturbiará siempre nuestra imperfecta bola de cristal, y el resultado puede ser cualquier cosa, desde otro chasco industrial a la explosión tecnológica que cambie para siempre nuestra manera de buscar la felicidad, el saber, el poder.

Umberto Eco ha pasado por Madrid para presentar un libro y enfriar el entusiasmo sobre el caso Wikileaks. Dice que lo que está pasando solo demuestra que los servicios de inteligencia no son inteligentes. Todos los secretos filtrados por Wikileaks fueron publicados hace meses, incluso años, por los periódicos que ahora desmenuzan los cables americanos. “Los espías son vagos, en lugar de descubrir secretos prefieren quedarse con el poder del que tiene un secreto que no existe, un secreto vacío”. Esta teoría está en las antípodas de la que asegura que Wikileaks ha cambiado para siempre el mundo de la comunicación.

Eco siempre ha sido un escéptico. Está convencido de que los libros sobrevivirán a los soportes informáticos. El genio de la semiótica califica Internet de “mermelada comunicativa”, un lugar en el que todos hablan y nadie escucha.

La gran fauna de Internet, liderada por activistas y blogueros, anda obsesionada con Wikileaks, el trending topic del trimestre. Creen que es algo revolucionario, aunque menos que Facebook, por algo Mark Zuckerberg ha sido nombrado personaje del año por la revista Times.

La filtración masiva de cables da la sensación de que un internauta cualquiera puede hacer algo, aportar su granito de arena, aunque sea leer los pequeños relatos escritos por unos espías que no son espías. Visten de corbata, son embajadores y diplomáticos que se mueven en el supermundo de las recepciones y los canapés. Según Eco, ¿qué puede saber esta gente sobre el mundo?

Umberto Eco se movió en el supermundo de la semiótica,
un gueto de catedráticos, hasta que escribió “El nombre de la rosa” en 1980. Tras publicar “El cementerio de Praga” le han acusado de antisemita porque el protagonista de su libro lo es. Se trata de una confusión entre escritor y personaje que valdría también para acusar a los autores de la Biblia de inventar un Dios cruel y vengativo. Vivimos en un mundo acostumbrado a leer breves informaciones online con multitud de enlaces y barras de anuncios en los márgenes de la pantalla.

Desvelada la mejor parte del pastel Wikileaks, siguen llegando guindas y lo más interesante ahora es lo que le suceda a Julian Assange, el enigmático personaje que ha organizado todo esto. En Estados Unidos piden que se le juzgue, incluso que se le fusile por alta traición, y en la historia, como en toda buena historia, aparece cada vez más la CIA. Los espías más secretos del mundo podrían haber pagado montañas de dólares a las dos mujeres que acusan a Assange de violación, causa por la que intentan cargárselo en Reino Unido y Suecia antes de empaquetarlo en un vuelo a Nueva York. La CIA es fascinante. Solo con su historia pueden escribirse millones de novelas, inventarios sobre sus secretos vacíos, como “The Company”, de Robert Littell, o “The soul of Viktor Tronko”, de David Quammen.

A este paso desclasificarán los archivos de la CIA y descubriremos que a Kennedy lo mató una alianza de espías resentidos y mafia cubana. Que el alunizaje del Apollo 11 lo rodaron en Hollywood. Que en una base militar de Nevada se experimenta con tecnología alienígena. Todo lo que ya sabíamos.

Cuando a Umberto Eco intentan convencerle de que Wikileaks es más importante de lo que él cree, el genio de la semiótica cede y admite que “prefigura un futuro dominado por la regresión”. Tiene mala pinta. Ha venido a Madrid para presentar un libro que nadie sabe leer. Quizás alguien consiga escribir algo decente a partir de los cables de Wikileaks, pero tendrá que hacerlo con hipervínculos, párrafos de cinco líneas y en 140 caracteres.