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En la siempre efervescente Italia (por más que engulla libertades Berlusconi -llamado El Psico-Enano por el humorista Beppe Grillo-) un colectivo llamado Paura.Anche.No (Miedo.También.No) propone una reflexión rebelde sobre el miedo que nos maneja y nos invade. A este pánico lo han llamado Babau y se han puesto manos a la obra para cazarlo. Exposiciones, microrelatos, desfiles de máscaras, debates, El Babau anda suelto teatro, grafittis“El miedo es una marea que se vuelve contra quien la provoca” es su consigna. No son gestos para la galería: detrás hay reivindicaciones y un análisis punzante de la crisis económica, con causas (culpables) y consecuencias (víctimas). He aquí su definición del Babau:

El Babau es la última frontera en la política de la ansiedad. Simple y primordial miedo. Diferente del terror, más parecido a la gota que cae sobre tu cabeza y, poco a poco, te lleva inconscientemente hacia la locura. Nuestro cómico mundo está empezando a ser consciente de la existencia del Babau. La ansiedad por estar a salvo, el miedo al semejante, el rencor confuso y convulso que emana de todas partes en estos años difíciles… Todo encuentra su conclusión natural en el advenimiento del Babau. No habrá ya necesidad de invocar / crear / inventar emergencias y peligros. Todos tendrán miedo a la oscuridad y bastará invocar al Babau para que cada compleja maniobra de ingeniería social encuentre justificación. El Babau es mejor que el terror, porque el Babau no te mata enseguida. Te agota y te lleva a cambiar tu visión de la realidad en una óptica esquizoide que se alimenta de sí misma. En el país del Babau puede ser verdad todo y el contrario de todo. El Babau no te quiere siempre triste y abatido. El Babau también trae alegría, carcajadas de locura que se elevan hasta el cielo. Si no tienes dinero en los bolsillos y la crisis te devora, tienes que reir. Hace falta optimismo, sino el Babau viene y te come. Pero no debes relajarte demasiado, porque el Babau está al acecho y puede robar al niño de la cuna, quitarte tu trabajo, arrebatarte a tu mujer o a tu hombre. En un mundo con mil y una oportunidades de ser devorados por la ansiedad, por el miedo y por la angustia, todo aquello que puede pasar, probablemente pasará. Apartaos a tiempo.

Y por supuesto, todo lo que genere esta marea será Creative Commons, creatividad en código abierto:

El Babau te tapa los ojos

El fallo de llamar revolución a Internet es que, por el momento, no ha habido ninguna redistribución del botín. Con la excepción de la microélite de jóvenes triunfadores que idearon Google, Facebook, etc., la pasta sigue en manos de las grandes compañías. Y sigue siendo una incógnita de dónde lloverá todo el dinero prometido. Lo insólito de la “cultura de lo gratuito” no es que haya gente dispuesta a disfrutar de un producto sin pagarlo, sino que haya gente dispuesta a regalarlo.

El producto, lo que pago, lo que me pertenece, es Internet en sí mismo. En casi todos los análisis se olvida que todo internauta está pagando unos 20-60 euros mensuales. Internet es lo que hemos comprado y las operadoras las que se llevan buena parte del botín.

Pero hay cosas nuevas. Proliferan iniciativas que reformulan las reglas del juego. Una de ellas es el crowdfunding, gran palabro. Consiste en reunir capital con la ayuda de muchos microinversores. En España, está dando que hablar el proyecto de El Cosmonauta. Quieren rodar una película financiada por los internautas, con una aportación mínima de 2 euros. En parte, es la utopía de construir algo cogiendo las ideas del gran cerebro de la Red, la mente colectiva.

En la práctica, los que donen 2 euros sólo recibirán el honor de aparecer en los créditos como productores. Toda cantidad por encima de 2 euros se podrá canjear por merchandising: camisetas, pins, libros… Eso sí, los que inviertan 1.000 euros o más recibirán un porcentaje de los beneficios. Lo que lleva de vuelta a la gran pregunta: ¿habrá beneficios?

En un modelo híbrido entre lo viejo y lo nuevo, el riesgo es dar por supuestas muchas cosas de lo viejo como, por ejemplo, la publicidad. Suponemos que las empresas, al igual que hacían antes, pagarán para insertar sus anuncios en Internet. La teoría es que la inversión en los medios tradicionales se irá trasladando a la Red. Es cierto, ya está pasando, pero a un ritmo mucho menor al esperado, y en el trasvase se pierden millones, con lo que la burbuja explota y muchos habrán trabajado gratis.

Lo mejor es que el proyecto es de licencia Creative Commons: gran palabro que lo que viene a decir es que, una vez terminada la película, cualquiera podrá hacer uso de sus imágenes, sonidos y guión para elaborar nuevos productos, sin tener que pagar por ello. En definitiva: creatividad en código abierto. Si todo sale bien, puede que ni los del Cosmonauta ni nadie más tenga pan que llevarse a la boca, pero al menos surgirán infinitos proyectos paralelos a partir de ideas tan atractivas como esta:

Cuenta la historia de un cosmonauta soviético. En 1975, el primer viaje tripulado a la Luna no consigue regresar, dándosele por perdido. El cosmonauta, sin embargo, a través de mensajes de radio, clama haber vuelto a la Tierra y haberla encontrado vacía. Mientras retransmite delirios imposibles, su presencia y su voz van destruyendo poco a poco el mundo de sus seres queridos.

Así que quizás sí que estamos ante una revolución. Pero sin botín material ni nada que se le parezca. ¿Cómo convertiremos nuestras rugientes tripas en depósitos virtuales?

Manjar Virtual