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El periodismo consiste en decir que Lord Jones ha muerto a gente que ni siquiera sabía que Lord Jones estaba vivo. (G.K. Chesterton)

El desenlace de agosto es el hábitat natural de la serpiente del verano o, como dicen los anglosajones, the silly season, estación tonta en la que escasean las noticias y se escarba en la mierda hasta encontrar algo que despierte los instintos primarios del lector (en Internet se llama ”pincha-pincha“, asumiendo que los internautas son cavernícolas que hacen clic sobre tetas, chascarillos y fotogalerías). Al parecer, si lo llamamos ”serpiente del verano” es porque hasta hace poco era habitual desempolvar al reptil que vivía bajo las aguas del Lago Ness para alegrarnos el agosto.

El Monstruo del Lago Ness es la serpiente que más veces ha resucitado, un mito que se remonta a la vida y milagros de San Columba, quien habría salvado a un aldeano de ser devorado por la terrible criatura. Pero el tema quedó desgastado después de la enésima foto falsa del diplodocus luciendo palmito, y para rellenar páginas surgieron otras excusas. Como la del verano de 1994, cuando por un Internet aún en pañales (cadenas de e-mails) comenzó a circular un rumor alucinado: Bill Gates había comprado la Iglesia Católica. Hasta diciembre, cuando la broma empezó a tener difusión masiva, no se decidió Microsoft a responder seriamente a la delirante y falsa nota de prensa (con firma de Associated Press) en la que se afirmaba que el catolicismo había manejado el marketing mejor que el judaísmo, “liderando cruzadas para que la gente actualizase” su religión.

Cuando el verano de 1995 agonizaba, la cadena americana Fox emitió un vídeo en blanco y negro que ya es un clásico: la autopsia del alienígena. Lo que en principio era la disección del extraterrestre que llegó a Roswell en 1947, al final fue una farsa grabada meses antes en un estudio londinense. El alien era de látex y sus entrañas de pollo. Más de mil millones de personas lo vieron durante uno de los veranos más aburridos que se recuerdan.

El legendario y veraniego incidente de Roswell (Nuevo México), en el que un ovni se pasó de frenada estrellándose contra el desierto y siendo capturado por las fuerzas especiales, coincide con los primeros avistamientos en la historia de España. En julio de 1947 la prensa se alimentó con los testimonios de militares que veían platillos en el Golfo de Vizcaya o en Balazote (Albacete). Si los alienígenas eligieron estas fechas para darse un paseo por nuestro planeta, está claro que sabían el provecho que podían sacar, a nivel de marketing, de la serpiente del verano, la silly season o, como se llama en otros países, la estación de los pepinillos (noticias que parecen ser un pepino y acaban en pepinillo).

No todo es paranormal, lo que predomina es más bien banal. Los últimos días de agosto de 2005 vieron colarse en los telediarios a 4 australianos arrestados por tallar 800 estatuas con droga o el concejal húngaro que pretendía legislar el largo de la minifalda. Chorradas puras y duras que persisten y se repiten, como la del rebaño de ovejas chilenas que acabó ante el juez por devorar una plantación de frijoles. Las malas artes del corta-y-pega han permitido que esta idiotez lleve más de seis veranos pululando por la Red.

La paradoja fatal llega cuando las serpientes del verano toman forma. El Monstruo del Lago Ness existe y lo que cayó en Roswell era un ovni. Ha pasado más veces. Como cuando se fundaron las primeras sectas satánicas (siglo XIX), tras mil años en los que el satanismo había sido la Serpiente del verano favorita del Vaticano.

O como cuando, a falta de otra cosa que publicar, alguien hablaba de una gran burbuja que iba a explotar. Nouriel Roubini lo clavó: corría 2006 cuando dijo que Grecia, España, Italia y Portugal tendrían que afrontar dolorosas reformas económicas o serían expulsadas de Europa. Pero en mitad de su discurso, el que entonces era ministro de Economía italiano, Giulio Tremonti, le mandó callar al grito de: “¡Vuélvete a Turquía!”. Y aunque era enero, aquello se convirtió en otra serpiente del verano y la burbuja siguió hinchándose, igual que las heridas acumulan pus antes de reventar.

Entretanto, seguimos pinchando sobre el contenido más “ligero”, “refrescante”, “desenfadado”… y otros vomitivos adjetivos. La serpiente se arrastra sobre su vientre y el Papa sigue mandando en Roma.

Maldita serás entre todos los animales. Te arrastrarás sobre tu vientre y comerás polvo todos los días de tu vida. Serás enemiga de la mujer y de sus hijos. Sus hijos te aplastarán la cabeza, pero tú les morderas el talón. (Génesis, 3:14-15)

Hay que estar en todas partes, abarcarlo todo, ser ubicuo. Esta es la fantasía maximalista de las empresas que se reparten la Red en feudos dominados con mano de hierro. Se la reparten porque no hay más remedio, pero lo que realmente quieren es poseerla en exclusividad, no dejar hueco ni migajas para ningún competidor. Es un pensamiento extraño el de querer abarcar algo que no tiene límites. Es como cuando en el colegio nos explicaban que Hitler creía que iba a conquistar el Mundo, todo el planeta, de Tokio a San Francisco.

Todo el mundo tiene un plan para conquistar el Universo. Un puñado de marcas invierten para que tú creas en ellas, para que tengas fe y te conviertas en seguidor y difusor, evangelizador de la nueva era. Solo puede haber un Dios y la manera de expandirse es convertir o aniquilar a los infieles. Igual que solo puede haber un libro sagrado, el Libro, los talibanes de Silicon Valley creen que solo puede quedar Uno. Estos son sus delirios de grandeza:

  • Google: Su logo aparece en la mayoría de ordenadores cuando se conectan a Internet. La puerta de entrada a la Red es este buscador basado en un revolucionario algoritmo. El Buscador, solo puede haber uno. ¿Cómo comprender la maraña infinita de informaciones sin esa simple cajita de texto en la que escribir nuestras coordenadas? Pero no basta, ni siquiera esto es suficiente para el hambre voraz de la compañía de Mountain View (California), que crece devorando lo que encuentra a su paso.

Tienen YouTube porque quieren ser la nueva Televisión. Tienen Gmail para gestionarte el correo. Controlan la publicidad online con AdWords y AdSense. Recopilan todas las noticias del mundo en Google News. Tienen editores de imágenes como Picasa y Picnik. Tienen el mayor servidor de blogs (Blogger). Tienen calendarios, herramientas de analítica web y un navegador (Chrome) que no cesa de recibir elogios. Incluso han reproducido al detalle el mundo real a través de Google Earth, Google Maps y Street View. Arrastran un expediente de fracasos en las redes sociales, con los intentos fallidos de Orkut, Buzz y Google Wave. Ahora lo intentan con Google+. Su peor pesadilla se llama Mark Zuckerberg y lo que más les duele es que les repitan que son una pandilla de ingenieros inadaptados, un grupo aislado de matemáticos que jamás conseguirá entender a la gente normal ni salir de sus cubículos.

  • Facebook: Estaban en Palo Alto pero se mudan a Menlo Park, siempre en California, donde el cerebrito Zuckerberg podrá seguir ideando maneras de desbancar a Google. No todo el mundo entra en la Red a través de El Buscador. Cada vez hay más gente que entra a través de Facebook, que es La Red Social, la única que puede y debe existir. Con Facebook todo son grandes potenciales por desarrollar. Está por ver si conquistan el mundo o terminan como Hitler. Tienen un servicio de mensajería que podría sustituir al e-mail. Tienen un servicio de geolocalización que podría sustituir a Foursquare y Gowalla. Podrían hacerse con el control de la tarta publicitaria. Y tienen un buscador que podría sustituir a Google (¡blasfemia!), incorporando los “megusta” de tus amigos.

¿Es descabellado pensar en Facebook como protagonista de la revolución 3.0, la Red inteligente que sabrá lo que te va a gustar incluso antes de que lo sepas tú? Quizás, pero a Google le ha entrado miedo y ha copiado el “megusta” con su nuevo botón +1. En Facebook lo que les gusta es ir en chanclas y presumir de que son psicólogos alternativos, científicos sociales, verdaderos conocedores del pueblo llano, al que lo único que le importa es el sexo (“tienes una relación sentimental complicada“). Pese a este perfil, últimamente mantienen relaciones con Microsoft, que es la mismísima Iglesia Católica de este nuevo mundo.

  • Microsoft: No hay más Dios que mi Windows y Bill Gates es su profeta. Dicho así, suena viejo, caduco, desfasado. Al igual que el Vaticano, Microsoft se acomodó y perdió fieles. Fueron el Sistema con sus sucesivos Windows, el Correo con Hotmail, el Chat con Messenger y el Navegador con Explorer, pero el tiempo y el rencor extendió la idea de que eran también el Enemigo. No es fácil ser el hombre más rico del mundo. Cualquier cosa que fuese contra Microsoft era alternativa y digna de elogios. Así que la compañía de Redmond (cerca de Seattle, los únicos de la baraja que no están en California), empezó su particular Contrarreforma.

Entraron con éxito en el universo de las videoconsolas con Xbox, crearon Bing, un buscador que quizás (un remoto quizás) pueda plantarle cara a Google, y ahora prometen una red social de horroroso nombre, Tulalip. Tienen fama de haberse quedado anticuados, viviendo en un mundo que poco a poco empieza a resquebrajarse. Llevan camisas almidonadas y son respetables padres de familia. Compran Skype, el Teléfono online, y se lo ofrecen a Zuckerberg para que lo incorpore a su Facebook. La alianza entre tan dispares elementos se consolida porque los enemigos de mis enemigos son mis amigos. Si tengo fama de carroza (Microsoft), me conviene que me vean en compañía de jovencitos (Facebook). Y si odias profundamente a Google (Facebook), lo lógico es acurrucarse bajo la amplia sombra de la primera y más potente Iglesia: Microsoft.

  • Apple: Desde el principio, una minoría afirmaba que Bill Gates no era Jesucristo sino Judas. Eran pocos pero cargados de fe. Confiaban en que algún día la Historia se pondría de su parte. La gran escisión protestante del mundillo tiene su sede en Cupertino (California) y sigue con fervor a su profeta alternativo: Steve Jobs. En tiempos de sufrimiento y persecución mantuvieron el tipo con sus Macintosh, una especie de Resistencia. Se hicieron amigos de los revolucionarios lanzando vivas al software libre y comparando a Microsoft con El Gran Diablo Blanco.

Fueron los primeros sorprendidos al ver que sus profecías eran correctas: su profeta resultó ser Dios en la tierra. Sumido en el lento martirio de un cáncer de páncreas, Steve Jobs inventó primero el iPod, después el iPhone y finalmente el iPad, tres artilugios que lo cambiaron todo. El triunfo les hizo olvidar el software libre y construyeron un ecosistema cerrado en el que solo los usuarios de Apple podían vivir. Dispositivos sin orificios ni conexiones, agenda propia y una manzanita mordida tatuada en cada rincón. Sueñan con acapararlo todo, con que navegues con su Safari y dependas de iTunes para toda la música y vídeo que quieras consumir. Insisten en que la Televisión online (la única que sobrevivirá al Apocalipsis) será suya. Los expertos dicen que no tienen los mejores cacharros pero sí el mejor diseño, lo que es otra manera de decir que es una cuestión de fe. La manzana es la nueva cruz para la comunidad de iluminados que cree en un Más Allá absolutamente táctil.

¿Quién ganará? Cualquier conquista es efímera, que se lo pregunten a Nabucodonosor, Alejandro Magno, Napoleón, Hitler… Mientras tanto, los pobres mortales contemplamos sus guerras, compramos sus productos y nos quedamos mirando, esperando el Milagro.

Nadie se acuerda de Pete Best, el quinto Beatle, batería durante los dos primeros años de vida del grupo. Estaba allí cuando Lennon y McCartney compusieron “Love Me Do“. Compartió con los futuros gurús del pop sus primeros compases, del 60 al 62, en el Cavern de Liverpool y Hamburgo. Cuando el grupo despegaba, tras firmar su primer contrato con una discográfica, Best fue sustituido por Ringo Starr. Se quedó fuera. “Sabía que serían un éxito. Me daba cuenta. Todos nos dábamos cuenta… Sabía que me perdería toda la diversión”, dijo Best hace unos años.

El síndrome de Pete Best es un mal común. Dick Rowe, cazatalentos de la discográfica Decca, rechazó a los Beatles. Les hizo una prueba y pensó que no tenían futuro. “Los grupos de guitarras están acabados”, sentenció. Un año más tarde eran número uno con “Please Please Me“. En 1876, William Orton presidía la inmensa Western Union, el telégrafo norteamericano. Un escocés de apellido Bell le ofreció la patente de un nuevo invento: el teléfono. Le pidió 100.000 dólares a cambio de su idea (en realidad no era suya, se la había robado al italoamericano Meucci). Le propuso instalar teléfonos en todas sus líneas de telégrafos, y convertirse así en el magnate de una nueva tecnología. Orton respondió: “No tiene interés comercial. ¿Qué podría hacer nuestra compañía con ese juguete eléctrico?”. Hoy la empresa de Alexander Graham Bell se llama AT&T y es la telefónica más importante de América.

Los aquejados por el terrible síndrome tienen miedo a decir no. Nunca sabes lo que te vas a perder. Las burbujas tecnológicas tienen mucho de Pete Best. En el año 2000, si no estabas en Internet y en la Nueva Economía te perdías el negocio del nuevo siglo. Pero en pocos meses quebraron 5.000 empresas, las acciones se volatilizaron y resultó que el grupo por el que se había apostado no eran precisamente los Beatles. A nadie le pareció raro invertir los ahorros en Pets.com, una tienda de accesorios para mascotas que gastó millones en publicidad sin recibir nada a cambio. Últimamente se habla de la burbuja 2.0: si no estás en las redes sociales, perderás el tren del futuro. Y las empresas, temerosas de quedarse fuera de las listas de éxitos, se sumergen en el 2.0 mientras tararean “She Loves You“. Todo el mundo busca el caballo ganador, que a veces tiene cara de Bill Gates y otras de Bernie Madoff.

Pero también existe el síndrome Harrer, el periodista alemán que fundó el partido nazi. Karl Harrer quería que su partido fuera igual que su sociedad esotérica, la Sociedad Thule, una hermandad secreta interesada por el ocultismo, Hiperbórea y el Santo Grial. Soñaba con un partido minoritario en el que desvariar sobre la supremacía racial, pero un joven Adolf Hitler apareció con su teoría del partido de masas y forzó la salida de Harrer en 1920. Sin saberlo, Harrer perdía el tren que llevaba hacia un puesto de mando en Auschwitz, Treblinka o Dachau. Antes de ser olvidado, Harrer llamó “megalómano” a Hitler. A todos les pareció que exageraba.

Miedo a convertirse en el quinto Beatle… o en el enésimo Adolf. ¿Qué es acertar? ¿Y en qué consiste equivocarse? Lennon se divirtió pero al final le pegaron un tiro; Pete Best es un ser anónimo que ha tenido una vida tranquila. Siempre se ha dicho que le echaron de los Beatles porque era demasiado guapo y provocaba los celos de Paul y John. Ahora se dedica a tocar la batería en convenciones de fans.

“Me echaron y dijeron que no era buen batería, que era antisocial, que no les gustaba mi pelo…”.

La tela que forma las Redes en las que nos movemos, y en las que quedamos atrapados, tiene una parte sólida, dura como el hueso (hardware), y otra flexible que se regenera como la piel (software). La mejor manera de diferenciar estos dos elementos es que el hardware se rompe si lo tiramos por la ventana, mientras que no podemos tirar el software a ningún lado porque hace tiempo que es intangible y vive dentro de un lugar al que llamamos Nube. Sin hardware no tendríamos cuerpo con el que movernos por Internet. Sin software, nos faltaría el alma.

Como en todo dualismo, siempre ha habido quien ha planteado un pronóstico razonable sobre quién estaba ganando la partida. En el principio, el software era un extra, era impensable cobrar por él y los programadores intercambiaban sus aplicaciones libremente. Cuando el dinero empezó a inundar el sector, las cosas cambiaron y el software empezó a ser un coto cerrado, especialmente los sistemas operativos. Vender software (antivirus, videojuegos, editores de vídeo) se convirtió en una buena manera de hacerse millonario.

Hay quien dice que vivimos una nueva edad dorada del software. Surgen programas que simplifican el proceso de crear aplicaciones, poniendo al alcance de cualquiera lo que antes solo un experto programador podía hacer. Se extiende el software libre, el que puede ser modificado y mejorado por los propios usuarios. Libre no es lo mismo que gratis, aunque últimamente ambas cosas suelen coincidir. El copyleft tiene sus reglas y la utopía gana terreno.

Pero el hardware sigue siendo coto exclusivo. La técnica para fabricarlo es un asunto gremial. Todos podemos hacer una página web, reprogramar nuestro router y conseguir gratis todo tipo de contenidos (noticias, películas, libros, juegos…). Pero solo unos pocos saben cómo fabricar una pantalla, un disco duro, un ratón, un cable.

En la antigüedad, los escribas eran un gremio, una casta que basaba sus privilegios en que eran los únicos que sabían escribir. Sin ellos los emperadores no podían dejar constancia de sus conquistas y era imposible llevar las cuentas de las arcas reales. Conscientes de lo que les hacía fuertes, los escribas solo enseñaban la técnica a sus hijos, garantizando así que no les faltaría el pan. Pero el progreso es una faena, ha impedido a Bill Gates convertirse en el Mago de Oz y dejó a los tataranietos de los escribas sin trabajo. Con la aparición de las primeras gramáticas se abrió el coto de la escritura y hoy en día el 98% de los españoles sabe leer y escribir.

No sabemos encender fuego sin mechero. No sabemos sustituir una simple tecla de nuestro ordenador sin mandarlo al servicio técnico. Pequeños escarceos como arreglar una cinta de casete extrayéndola de su carcasa y metiéndola en otra nueva (con la inestimable ayuda de un boli bic), llegaron a su fin con la digitalización del universo. ¿Quién puede arreglar un iPod? Si se te rompe el artilugio e intentas hacer algo en tu casa, lo que sea, despídete de la garantía. Manejamos minúsculas cajas negras que si se rompen no tienen solución: no pueden abrirse y solo unos sabios desconocidos pueden devolverlas a la vida.

Nos emocionamos con el software pero lo que nos roba el corazón es el hardware. Sabemos que el software puede tenerlo cualquiera: descargarlo, editarlo, actualizarlo… El Misterio está dentro de los inventos de Apple, como su televisión digital, un cacharro hermético con Wi-Fi destinado a cambiar la tele para siempre. Apple TV (o sus competidores, como D-Link Boxee Box) está pensada para ver una tele que todavía no existe. Canales temáticos en Internet, televisiones especializadas que existirán solo en la Nube y que llevarán al límite eso que llaman “fragmentación de las audiencias“. En el principio fue el hardware.

Si la utopía avanza, despidámonos de los imperios mediáticos, de los Murdoch y Berlusconis de este mundo, que tendrán que buscar fortuna en otros lugares. Lo que no se puede tocar es libre. Para mantener un imperio y cuadrar las cuentas de las arcas reales hacen falta técnicos. Lo que puede romperse si lo tiramos por la ventana, eso es lo que vale dinero. Dios se apiade de nuestro software…